Historia del Padre Polito.

17 Oct 2016
Historia del Padre Polito.

Por Ramón Abel Castaño Tamayo

Así, en diminutivo, y concordando con su sencillez y su candor de niño, prefería ser nombrado un coloso de cuerpo, de inteligencia y de espíritu: el Padre Policarpo María Gómez, coadjutor y párroco de Granada durante mas de tres décadas, quien falleció el 2 de Septiembre de 1958. Las siguientes son unas breves pinceladas de su robusta personalidad, como aporte para que un buen historiador escriba su rica biografía.
El Entorno.


En la década de los años 20 del siglo pasado, cuando Polito llegó como dinámico coadjutor del ya anciano Párroco, Padre Clemente Giraldo, Granada tenía una población de 7.000 habitantes, de los cuales apenas unos 500, agrupados en no mas de 70 familias, habitaban en el área urbana, la cual se extendía desde la calle denominada de La Cañada (hoy calle Córdoba), hasta la llamada “calle de los tramposos” (hoy Jorge Ramón de Posada). Todas las calles estaban cuidadosamente empedradas, lo mismo que los andenes; las casas, edificadas en tapias de tierra apisonada, eran blancas, con aleros protectores de la lluvia y ventanas de voladizo, con apretadas rejas de madera para proteger el pudor de las novias. El campanario contaba sólo con las dos piezas menores; la campana mayor fue adquirida por el P. Polito a mediados de la década. No había alumbrado eléctrico ni acueducto. El agua para el consumo era conducida en atanores de barro desde el pequeño riachuelo que corre al Occidente, y dispuesta para el público en tres pequeñas piletas, una en El Sacatín, otra en la esquina de Las Rivas y otra en la convergencia de La Cañada con la calle Boyacá; y en una artística fuente de forma octogonal, con ocho vertederos por las bocas de ocho preciosos angelitos esculpidos en los lados, la cual era el centro de atracción en la mitad de la plaza.


El Pastor.


El P. Polito estaba dotado de una vasta ilustración en ciencia religiosa, teológica y moral. El rasgo sobresaliente de su espiritualidad era su devoción mariana; una de sus primeras obras fue el monumento de peregrinación sabatina (y de ejercicio físico), a tres kilómetros de distancia desde la iglesia parroquial, denominado “La María”, con una preciosa estatua de María Inmaculada, encerrado en verja de hierro forjado, con jardines y una preciosa fuente, hoy consumido por la erosión. Su fórmula usual para saludar era: “!Oh! María”; y todas las festividades de culto público las cerraba con tres “Vivas” a María Inmaculada. Y ya anciano decía andar a merced de la Virgen: “María me dijo esto..” “María me ordenó tal cosa….” Para cerrar con broche de oro esta escalada de afectos, en el año de 1958 imprimió en la Editorial Bedout, como precioso legado, un folleto de sesenta y ocho páginas titulado: “AMOR AL INMACULADO CORAZON DE MARIA”.

La Planta de Energía Eléctrica.

El carácter emprendedor del P. Polito tuvo esta primera gran expresión a mediados de la década de los años 20. Con el agua captada desde la quebrada Santa Bárbara, produjo una caída de cincuenta metros frente al cruce de la misma quebrada con la prolongación de la calle Jorge Ramón de Posada, donde hizo instalar un generador de energía cuya operación confió a Tulio Martín Tamayo, suficiente para un profuso alumbrado del templo, para el alumbrado público desde los treinta o cuarenta cruces de las calles y carreras existentes y para el servicio domiciliario con mombillas de una especificación única de veinticinco watios, instaladas en trescientos o mas hogares que pagaban una tarifa de cincuenta centavos al mes. La inauguración tuvo lugar un sábado a las seis de la tarde ; yo era aún los suficientemente niño para que mi padre me cargara en sus brazos para presenciar el espectáculo: una multitud expectante, se encontraba aglomerada a lo largo del callejón de acceso a la planta, desde ésta hasta la plaza. Cuando brillaron las bombillas en medio de la oscuridad se escucho un extenso e intenso rumor colectivo de asombro; a mi lado dos parroquianos entusiastas comentaban cómo podía ser aquello y por qué a través de los postes aparecían dos cables conductores forrados en tela negra, y uno de ellos le explicó al otro: “pues claro, hombre; así tiene qué ser; no ve que por el un alambre va la metrocida y por el otro va l`agua?”

El Acueducto.

El P. Polito emprendió la obra del alumbrado eléctrico como empresa de la Parroquia. El acueducto fue una empresa del Municipio, impulsada por el Párroco, con un argumento contundente: “si la Parroquia pudo con la planta eléctrica, el Municipio tenía qué poder, con el aporte del servicio esencial de agua”. El reto fue acogido por el Alcalde vitalicio Neftalí Zuluaga y por el igualmente vitalicio Presidente del Concejo, Ladislao Tamayo, aprovechando el agua tomada de la misma fuente que surtía las antiguas pila y piletas. En el cruce de la Calle Real (hoy calle Bolívar) con la carrera de El Zacatín, se construyó el tanque de acopio; y a lo largo de las calles y carreras se extendió la red de distribución en tubos de seis, cuatro y dos pulgadas de diámetro, de las cuales se tomaban las instalaciones domiciliarias, en tubería de tres octavos de pulgada, con derecho a una sola canilla por la cual el usuario pagaba la suma de cincuenta centavos al mes. Este importante logro dio lugar a una crisis de afectos. Con el Acueducto en servicio, la hermosa fuente de la plaza perdía su valor de uso y conservaba sólo un valor afectivo, de ornato, entrañable para los vecinos, quienes se oponían tenazmente a su demolición, la cual era necesaria para la construcción del parque proyectado para la celebración del centenario de la muerte del Libertador Simón Bolívar (en Diciembre de 1930). El problema se resolvió de un modo poco convencional: los jóvenes cachacos (que estudiaban en Medellín) Abelardo Tamayo, Manuel y Francisco Emilio Yepes, Antonio Botero y Juan Francisco y Luis Eduardo Arias, invocando la razón “del progreso”, se confabularon, y una noche, mientras los notables dormían, demolieron a golpes de almadana la preciosa joya monumental.
El Templo de Santa Bárbara.

Dos limitaciones de orden locativo, aparentemente insuperables para una topografía empinada, acuciaron la creatividad, el espíritu emprendedor y la capacidad de liderazgo del P. Polito: la insuficiencia del templo para dar cabida a las demandas de servicios religiosos de una población aceleradamente creciente, y la carencia de espacio apropiado para el desarrollo urbanístico que ese incremento poblacional demandaría en el futuro. Esto dio lugar a su gran proyecto, de objetivo múltiple, para superar ambas limitaciones: la construcción de un templo más espacioso dedicado a la Patrona de la Parroquia, que a la vez sería el polo de un gran desarrollo urbanístico en el futuro, que duplicaría el área edificada.
Este proyecto desató una fuerte oposición de los notables residentes en el área urbana, con el argumento de que su ubicación estaba demasiado distante, y que lo mejor era ensanchar el templo actual; ellos estaban pensando en el presente, mientras que Polito tenía su mente ubicada un siglo adelante. Para acallarlos, hizo construír su residencia en la esquina diagonal con la manzana de ubicación del templo. Gran argumento: el templo estaba proyectado, sustancialmente, para una población futura, que duplicaría la actual, y cuyo destino era residir en ese nuevo espacio. Las críticas cesaron y la obra fue emprendida con el apoyo unánime de la población. Y aquí es donde se revelan las dotes de empresario del P. Polito: no se disponía de materiales de construcción, y para proveerlos hizo explorar terrenos aptora la fabricación de ladrillo y teja; los halló en la vereda de Las Vegas, y allí instaló el Tejar de Santa Bárbara; no había leña en el entorno para hornear el material producido, y para proveerla se compró un extenso bosque en la vecina vereda de Reyes, y una recua de bueyes para su transporte. Y para ahorrarse un veinte por ciento en el costo de transporte del ladrillo procesado, se ideó un mecanismo sólo concebible en la mente de un gran líder, con un enorme poder de convocatoria: el transporte se hacía en mula a lo largo de la semana, hasta los andenes del “hospital de Laurita” en la calle de La Cañada, y desde allí era llevado al templo en construcción, con repique de campanas, los domingos, después de la Misa Mayor, “en convite”, por los entusiastas feligreses encabezados por su Párroco, revestido con los ornamentos sagrados.

Ya para el año de 1.940, la estructura del templo estaba concluída, salvo la torre central del frontis, que estaba ejecutada en las dos terceras partes de su altura. Ante la inminencia de su relevo como Párroco, después de una dura visita pastoral del Arzobispo Salazar y Herrera, en la que fue objeto de críticas despiadadas, el P. Polito le dio a la obra el último gran impulso, pagando de su cuenta los materiales y una cuadrilla de veintidós trabajadores, para concluír los acabados interiores y ponerlo en servicio, antes de su retiro, reduciendo la tarea de sus sucesores a la terminación del frontis.

Normal La Inmaculada.

Al término de una misa dominical, el P. Polito sorprendió a los asistentes con la noticia de que “una persona generosa estaba dispuesta a aportar la suma de cinco mil pesos para construír un edificio destinado a un colegio de señoritas, sobre el lote contiguo al templo, a condición de que cincuenta de sus feligreses aportaran otros cinco mil pesos, en cuotas de cien pesos cada uno” (era la época del patrón oro, en que un peso equivalía a un gramo de oro). Al siguiente domingo sorprendió, aún más, con la noticia de que ya tenía listos los aportes de los pequeños contribuyentes. El edificio fue construído en el término de meses, y la Normal Superior La Inmaculada empezó a funcionar, regentada por Hermanas Franciscana de procedencia europea, con métodos pedagógicos y contenidos curriculares suizos y austriacos, con los cuales, durante seis décadas, proveyó al país centenares de excelentes maestras, hasta que terminó integrada al Instituto Departamental de Enseñanza Media, de carácter mixto, que funciona en la actualidad. Mas tarde el P. Polito, acosado por sus admiradores, tuvo que confesar que “la persona generosa” que actuó como gran donante, era él mismo, “porque la Virgen se lo había ordenado”; según su relato, durante toda su vida alentó la ilusión de vivir en Lourdes, cerca de la Virgen, con sus ahorros, procedentes del modesto patrimonio heredado de sus mayores; pero a última hora, la “la Virgen le dijo que desistiera de ese proyecto, puesto que a ella la tendría cerca, dondequiera que viviese, y que esos recursos los aplicara a la fundación de un buen colegio para proveer educación cristiana a las futuras madres de la familia granadina”. El Padre Polito terminó su vida en condiciones de pobreza casi absoluta; no existían en ese tiempo mutualidades, ni pensiones de retiro para los sacerdotes ancianos, quienes quedaban a merced de sus familias. Residió alternativamente entre sus amigos de El Santuario y de Granada, “según la Virgen se lo iba indicando”.
Este es un breve esbozo de la figura de un coloso del espíritu, constructor de un templo con dimensiones de catedral, impulsor de un proyecto urbanístico que duplicó el área construída y gestor e impulsor de un centro educativo que elevó el nivel cultural, social y económico de la región.

 

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