Once años, siete meses y veintidós días

24 Jun 2017
Once años, siete meses y veintidós días

 

Fotos: Google

Por: Hugo de Jesús Tamayo

“¡Una persona tan grandotota que se fue y ahora caber en ese cajoncito!”, dijo doña Betty Loaiza Murillo, hermana de Iván Alonso, desaparecido el 30 de julio de 2002, pues ese cajoncito, como lo llamó ella, que iba a recibir con los restos, no medía más de cincuenta centímetros de largo por veinticinco de ancho y unos veinte de fondo.

En la Fiscalía

El salón, un escenario idéntico al de una sala mediana de cine, donde familiares y amigos iban ocupando las sillas, a la espera, igual que la señora Betty, de la ceremonia y entrega de los cuerpos. O mejor, de los restos óseos, por parte de la Fiscalía.

Abajo, como haciendo de mesa principal, diecisiete cofres rigurosamente alineados, con su respectiva foto al pie y un arreglo floral para cada uno. Para ver los restos de Iván Alonso, el sexto de derecha a izquierda, era imposible no acercarse a leer la cinta con el nombre de la primera persona: Sandra Patricia Martínez Ciro, la única mujer; en la foto —también la única de cuerpo entero—, posando sensualmente, mostraba ser una niña a la que posiblemente todavía no le habían celebrado los quince años. Ella, y todos los demás, llevaban más de una década desaparecidos.

Mientras daban inicio al acto, unos familiares se pararon frente al cofre. Lo observaban por un momento, se recostaban sobre él, le pasaban la mano por encima, cogían la foto, la besaban. Unos se la llevaban con las dos manos contra el pecho, dejando rodar las lágrimas. No faltó el pariente que se arrodilló al pie de su ser querido para rezarle en voz baja. Otros se quedaron en el asiento con la cabeza gacha, varios llorando sin parar. Una madre, a la que un colaborador que acompañaba a las víctimas llamaba Rosa, Rosa, Rosa, Rosa, no respondía, se quería desmayar. A otra señora le tomaban la presión mientras varios la sostenían. Y había madres, como doña Pastora Mira, quien tiempo atrás había estado en ese mismo sitio recibiendo los restos de su hija Sandra Paola, y que, ya bastante recuperada del dolor —como ella misma lo dijo—, ayudaba a atender a la progenitora de Sandra Patricia.

Detrás de los pequeños cajones, con su respectiva gorra marcada con las letras C.T.I., se encontraban nueve funcionarios. Todos de negro, firmes, serios, con las manos atrás en posición de respeto. A sus espaldas, en un extremo, las banderas de Antioquia, Colombia y la de la Fiscalía. Y en la otra esquina, el infaltable logosímbolo con su eslogan: Antioquia la más educada.

Una triste alegría

“Siendo las nueve de la mañana”, dijo el jefe de protocolo, “se hace la entrega de dieciocho restos”. Y comenzó a leer sus nombres. Luego, otro funcionario instaba a los familiares para que se acercaran a recibir los documentos pertinentes y así poder salir para el pueblo natal con lo que les entregarían de sus seres queridos. Verdad, justicia y reparación fueron las palabras repetidas en ese escenario por parte de cada uno de los funcionarios que intervino en el acto.

En medio de una ceremonia religiosa, el sacerdote pasó por cada uno de los cofres, tomó una rosa blanca del arreglo floral y, haciéndole la señal de la cruz, les echó agua. Luego, en nombre de las víctimas, pasó al atril la señora Betty, y entre otras cosas dijo: “Hoy el dolor y la alegría están acompañando nuestros corazones. Señor, hoy estamos dando este nuevo paso… Ellos descansan ya en paz, ¿por qué no hacerlo nosotros?… En el corazón de mi familia no hay odio ni rencor y te pedimos por los victimarios y sus familias, que un día puedan también descansar en paz… Hoy nos acompaña una triste alegría…”.

Terminados los actos protocolarios, volvió cada uno de los familiares a contemplar a su ser querido y a uno por uno le fueron haciendo entrega de la miniatura de ataúd. Unos fueron recibidos por un familiar, a otros los acompañó un funcionario de la Fiscalía hasta el vehículo donde transportarían los restos. Doña Betty se acercó, besó el cajoncito donde estaba la cinta con el nombre Iván Alonso Loaiza Murillo, se arrodilló y le rezó por algunos segundos. Luego se puso de pie y abrazó a una niña que lloraba a su lado. Era Ana María, la hija que dejó Iván Alonso, con tan solo seis años, al marcharse de este mundo. Seguidamente se acercaron los otros familiares y, formando un pequeño círculo, compartieron algo. Posiblemente una oración.

Después de que fueron entregados la mayoría de los restos, no me quedé con la inquietud de por qué anunciaron la entrega de dieciocho si siempre conté diecisiete cofres. Al indagar a un funcionario de la Fiscalía, esta fue su respuesta: “Una madre no resistió subir hasta aquí y pidió que no le trajeran a su hijo a este escenario y se quedó abajo en el búnker. La están atendiendo los auxiliares de enfermería”.

A las diez y treinta de la mañana, uno de los que vestían de negro tomó el cofre de Iván, y doña Betty cogió el ramo y la foto. Luego le entregó las flores a uno de sus acompañantes y se sentó en una silla a contemplar la imagen de su hermano. Después se levantó y en fila india, por entre las sillas del escenario, fueron saliendo rumbo al municipio de San Carlos, donde padres y demás familiares y amigos esperaban con ansiedad ese momento. Sobre todo doña Rosa María, madre de Iván, quien lo volvería a ver, aunque fuera en un pequeño cajón de madera. Doña Aída, otra hermana del desaparecido, contaba que cada vez que su madre se para en la puerta cree que lo está viendo llegar de su trabajo. Han pasado once años, siete meses y veintidós días, desde aquel 29 de julio de 2002, cuando Iván salió para nunca regresar.

Cuando llegaron a San Carlos, después de instalar la caja en la mitad de la sala, contra la pared —parecía más el velorio de un bebé que de una persona de más de treinta años—, inmediatamente doña Rosa se recostó sobre ella y llorando decía: no voy a ser capaz. Al mismo tiempo, dos nietecitas daban vueltas alrededor del pequeño ataúd y husmeaban por una rendija queriendo ver algo. Y mientras la una, desconsolada por no poder ver nada, decía: muéstrenos pues, muéstrenlo, la otra, como para que no escucharan todos, le murmuraba: quiero ver los huesitos, cuándo lo van a destapar. Entonces doña Betty tomó a las niñas y les explicó: no se los podemos mostrar, porque un señor de allá de Medellín lo tapó con unos clavos, y si nosotros lo destapamos él viene de nuevo por él, y vuelve y se nos lo lleva. Y no podemos dejar que se nos lo lleven. ¡Ah! No, hay que dejarlo con nosotros aquí, contestó una de las niñas. Y no insistieron más.

La madre seguía llorando sobre el cajoncito que contenía lo que le entregaron de su hijo, cuando llegó otro de sus ocho hijos, quien, al escucharle la misma frase: no voy a ser capaz, mijo, ¡yo no voy a ser capaz!, le dijo: mamá, ¡cómo no va a ser capaz!, ¿no era esto lo que estábamos esperando? ¿Ponemos bombas para que sea como una fiesta? Con esas palabras, doña Rosa se calmó y aceptó irse para la cocina. En ese momento otra de las hermanas dijo: vengan pa’ que se tomen un caldito con arroz. No, qué pena, contestamos los dos conductores que acompañamos a las familias desde Medellín. Vengan, vamos, sigan por acá, dejen la bobaíta, insistió otra de las hermanas. Siéntense ahí en esa mesa, que con esta tristeza tan alegre hay que comer alguna cosita.

Ya en la mesa del comedor, que es como la continuación de la cocina, nos sentamos todos. Otra de las hermanas, al servir el arroz con huevo y el caldo de pescado —porque era día de vigilia—, mientras descargaba los platos pronunciaba insistentemente: qué triste alegría. Y otro hermano, con un pequeño movimiento de la cabeza, reafirmaba y repetía la frase. Jailler, el menor de la familia, con voz más fuerte argumentaba: ¡pero era lo que esperábamos o no!

Doña Rosa preguntó a los que conducíamos los vehículos: ¿cómo les fue en el camino?... Yo quiero ver que encuentren la mamá de mi amiguita, dijo un sobrino del desaparecido… Cuando esté grande quiero ser profesora, dijo la niña de tres años, la que quería ver los huesitos… Y así, escuchando intervenciones como estas, almorzamos, mientras los que iban llegando al velorio se esparcían por el zaguán de la casa: unos se sentaban en la sala acompañando el cofre con los restos y otros sacaban un asiento para la acera, o simplemente se paraban en el andén, al pie de la puerta.

Al avanzar la noche, las personas se fueron marchando y a las dos o tres de la mañana solo quedaron unas ocho o diez, entre sobrinos, hermanos y demás.

A lo largo de la mañana siguiente, amigos y familiares fueron llegando de nuevo. Y unos minutos después de las dos de la tarde, un hermano tomó la cajita y doña Betty lo guio por toda la casa; mientras contemplaba el pequeño ataúd, le decía: Iván, este es el comedor. Aquí nos reunimos a rezar, a jugar bingo, a hablar de usted, a celebrar los cumpleaños de todos. Allí quedaba la cocina, que era donde nosotros permanecíamos mucho tiempo. Esta es la pieza de papá y mamá (y entraron en ella). Desde que usted se fue, la casa ha cambiado un poquito; por eso se la estoy mostrando, porque usted va a continuar aquí con nosotros. Esta otra pieza es donde duerme Viviana con mi sobrino, él es un varoncito, Juan Jacobo, porque en la época en que usted estaba, nacían niñas y usted era y sigue siendo un tío maravilloso para ellas. Aquí queda la habitación de mi hermano Édgar. Él no nos deja entrar ahí, usted sabe por qué. Él mantiene muchos chécheres y no le gusta. Y siguiendo el recorrido, le dijo: esta es la sala de esta casa, aquí está hoy con nosotros y en nombre suyo le pido a mis hermanos y a mi mamá y mi papá que conviertan el llanto en oración. No quiero aspavientos, que solo sea un entierro bonito donde nos una el amor a Dios. Y cuando le dijo: ahora ya nos vamos a ir para el templo, se percató de que había más gente de afuera —entre amigos y conocidos— derramando lágrimas por lo que ella estaba hablando con Iván Alonso que en la misma familia.

El 23 de febrero de 2014 a las dos y cuarenta y cinco minutos de la tarde, Édgar, su hermano mayor, después de recorrer toda la casa con el cofre en brazos, cruzó la puerta para dirigirse a la iglesia y darle el último adiós. La misma puerta que Iván Alonso había atravesado, caminando, el 29 de julio de 2002.

 

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