Perfil del artesano Destacado

18 Abr 2017
Perfil del artesano

Por: Julio Cesar Giraldo, Presidente Centro de Historia Granada.

“La gracia del cielo hace que, en raros momentos de inspiración, ajenos a su voluntad, el arte nazca inconscientemente de la obra de su mano.” Walter Gropius.

Referirnos al artesano, es decir de aquel personaje que de manera casi innata emplea sus manos y pocos elementos rústicos para transformar en elementos útiles o adornos un trozo de madera, un manojo de fique, una bola de barro, un cuarto de cuero, y cuantos materiales más en figuras que con su destreza y creatividad dan forma.

En esta ocasión el artesano al cual se refiere es Don Manuel Parra, “El artesano del fique”, adulto mayor nacido en la vereda Tafetanes del municipio de Granada en el año 1936; es hijo de Fabio de Jesús Parra y Sara Emilia Aristizábal. Manuelito, hombre de mediana estatura, piel trigueña, voz suave, amable y acogedor, practicante de la fe cristiana católica, campesino, agricultor y artesano. Su piel curtida por el sol que recibe sentado en la cera al lado de su casa ataviado con sus agujas y un balón de cabuya que hila doña Rosario su segunda esposa. Entre bozal y bozal teje mochilas de diferentes tamaños según el pedir del cliente.

Manuelito estudió en la escuela de la vereda hasta el grado segundo, un día si otro día no; pues en los años 40 asistían a clase hombres y mujeres por separado, no se podían juntar en el salón de clase; un día estudiaban los hombres y otro día las mujeres, así se alternaban para aprender sus primeras letras que afanosamente ensañaban a escribir en la pizarra las maestras de la época, entre ellas Mariela Parra, Elvira Duque y Teresa Duque; es que las cambiaban muy seguido, no es como ahora que las dejan en la vereda hasta diez o quince años.

Cuenta Manuelito que para asistir a la escuela debía esperar sembrar la cosecha de maíz que terminaba más o menos en marzo; asunto curioso, tampoco lo dejaban sembrar porque no sabía trabajar la tierra según concepto de su papá. El maíz fue la base de la alimentación campesina; con él se hacia la mazamorra, las arepas de mote o sancochado, los bollos o estacas, arepas de fino y cuchuco. Además el desperdicio se aprovechaba para cuidar los animales. El maíz no era suficiente para el sustento económico de su familia, pues la parcela era muy pequeña, entonces debía de complementar con trabajos fuera de la suya contratando potreros para desmatonar.

Manuelito contrajo nupcias a la edad de 21 años (en 1957) con la señora Ercilia Aguirre, procrearon trece (13) hijos, hombres y mujeres laboriosos siguiendo el ejemplo de sus padres tanto en lo espiritual como en lo material. En la vereda aun continúan viviendo al menos seis de sus hijos cultivando la tierra y moldeando panela luchando como siempre por ofrecerles una vida digna a sus hijos.

El arte del fique lo aprendió desde muy joven observando con mucha curia a su hermana Rosario cómo elaboraba las famosas mochilas de fique. Es decir, Manuelito es un empírico, lo que da a entender la inteligencia, habilidad y amor por el arte; sin embargo no pudo decir que este oficio complementario le sirvió para derivar la economía de su hogar, solo es un mínimo apoyo, en una semana escasamente se alcanza a hacer una o dos mochilas y se venden a $15.000, claro, depende del tamaño.

El trabajo con el fique implica un largo y tedioso proceso, este inicia rebuscando la mata de penca que no sabe dónde encontrarla, camina amasando pantano o levantando polvo de acuerdo al tiempo; debe escoger la mata precisa por su calidad de la fibra que no todas la tienen con la especificidad que la requiere, hallada esta la corta de la mata, le desprende la tuna, la desmecha, la pasa por el carrizo, la remoja con agua limpia, la coloca al sol repitiendo el proceso hasta quedar la fibra blanca (remoje y seque). Luego doña Rosario con calma toma unas cuantas fibras para hilar entre palmas y pierna. La medida para tomar la fibra cuidando que cada hilada sea del mismo calibren no es más que el cálculo entre el dedo índice y pulgar. Cuando doña Rosario muestra un buen cono de fibra hilada, don Manuel toma las agujas elaboradas por el mismo de un palo que denomina Pelo de zaino y empieza a tejer su mochila la cual tarda entre tres y cinco días para concluirla.

En los tiempos de nuestros abuelos la mochila o jíquera era común, se utilizaba en la casa para depositar las arepas recién levantadas de la braza, para llevar el bastimento para el pueblo especialmente en las funciones (Semana Santa, Cuarenta Horas, fiestas patronales, ejercicios de señoras, señores y jóvenes); igualmente acompañaban a los arrieros para llevar sus atavío.

El artesano y agricultor vivió en la vereda Tafetanes hasta el año 2007; cuando fallece su esposa decide radicarse en la zona urbana en una humilde vivienda ubicada en la carrera Giraldo, luego de siete meses de viudez contrae segundas nupcias con la señora Rosario Giraldo quien lo acompaña en el arte de tejer mochilas durante diez años; ya cansados por el peso de los años y las dolencias no pueden continuar con este bonito oficio, con nostalgia cuenta que ya no es capaz de salir a conseguir el material y con dolor debo dejar este trabajo.

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