A vender el frijol Destacado

28 Nov 2016
A vender el frijol

Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez

Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Si logramos precio de $ 2.000 en adelante, nos va bien, le susurró Lucía a Alejandro, su esposo, ya debajo de las cobijas, listos para quedarse dormidos. A principios de la semana estuvo a $ 2.500, el miércoles a 2.700 y 3.000. Pero ayer —viernes— solo pagaron el frijol a $ 2.150 el kilo, le contestó él. Dios quiera que el lunes cojamos buen precio, volvió a decir Lucía. Luego entonó una oración, apagaron la luz y no se escuchó ni una palabra más hasta las cinco de la mañana, cuando ella se levantó a hacer el agua de panela y le dijo: Hágale pues mijito, para que nos vamos y terminemos de empacar antes de que venga la chiva.

En la tarde llegó el carro escalera, cuadró en reversa en la puerta de la finca, y todos los que recolectaron y empacaron el frijol, junto con el chofer y el ayudante, cargaron los veintiún bultos, resultado de la cosecha. Y una hora después, en el parque principal de Granada, Alejandro le entregó al conductor cuarenta y dos mil pesos —el valor del flete—, al tiempo que pasaban los bultos a un pequeño camión, para dejarlos listos y salir a primera hora del día siguiente para la plaza de mercado.

El lunes llegaron a El santuario quince minutos antes de que abriera la plaza, y ya había trece vehículos adelante haciendo fila en el costado izquierdo de la calle, a la espera de que llegaran las ocho de la mañana para ingresar. El carro con el frijol se estacionó siguiendo el orden de la fila. Conductores, propietarios de la carga y ayudantes se bajaron a relajarse un poco y a conversar: Yo voy a votar por el que dé trabajito, comentó un ayudante. Yo sí no creo en nadie, contestó el conductor, agregando: No voy a votar por ningún hijueputa para la alcaldía. ¿Hay que descargarles?, preguntó un corpulento señor. No, nosotros traemos cotero, le respondió Alejandro. Y unos instantes después las conversaciones fueron interrumpidas por el sonido de los motores de los vehículos más próximos a la entrada, señas de que habían abierto la plaza de mercado. Alejandro, junto con Daniel, un cuñado que era el de la experiencia para negociar el frijol, y otro número de personas entraron a pie, al tiempo que ayudantes y conductores se incorporaron a los camiones y camionetas. El chofer tomó la cabrilla, encendió el motor y le dio marcha adelante al vehículo.

Mientras el ayudante del carro, que era el mismo que descargaba los bultos, decía: dele, dele. A la izquierda. A la derecha…, un señor con barba desordenada y un olor que uno podría imaginarse que llevaba varios días sin contacto con el agua, preguntó: ¿A cómo el frijol? Alejandro, señalando a Daniel, le contestó: pregúntele a él. Y este, sin responderle, le dio la espalda y siguió caminando al pie del camión que daba reversa. ¿Por qué no le pidió?, indagó Alejandro a Daniel. Ese bobo qué va a comprar. ¡No le ve la facha!

Ya, con los veintiún bultos en el suelo y después de que Alejandro le pagara al chofer otros cincuenta mil pesos del flete Granada-El santuario, se acercó un hombre delgado, de unos treinta años de edad, que vestía bermudas blancas de rayas cafés, chaqueta negra de cuero, sombrero aguadeño color beige, medias blancas que le cubrían hasta la pantorrilla, tenis que parecían nuevos y un maletín donde escasamente le podría caber un cuaderno. Con voz autoritaria y clara dijo: ¿A cómo? A $ 2.700, le contestó Daniel. Yo le voy informando, le respondió el promitente comprador mientras daba media vuelta, pero con sus pasos lanzaba la oferta: Si quiere me deja seis bultos a $ 1.700. Para que le escucharan la última palabra tuvo que levantar un tanto la voz, pues la pronunció ya perdiéndose por entre los otros vehículos que traían más hortalizas.

Pasaron unos diez o quince minutos sin que ningún otro comprador se acercara y volvió el de las bermudas. Y, mientras introducía el dedo por entre la fibra de un costal y sacaba una, dos, tres, hasta tener cinco vainas de frijol en la mano, fue diciendo: ¡Está muy chimba! Está bueno, volvió a decir y se le acercó a otro señor que parecía ser un colega comprador y le mostró el fríjol: ¿Le gusta? ¡Qué, está gallinudo!, le contestó su interlocutor. Entonces regresó y, recostándose sobre los bultos, le dijo a Daniel: Véndaselo al que mejor le pague. A dos y medio apenas es, le contestó de nuevo el vendedor.

El posible comprador sacó su teléfono e hizo una llamada. En voz alta decía: ¡Pa’ quince no hay frijol hoy aquí! —e hizo una pausa—. ¿Pago a veinte o qué? —Otra pausa—. No, ya le dije, creo que ni a dieciséis. ¡Dígame a cómo pago!, fue lo último que comentó y, luego de otra pequeña pausa, colgó. Y en ese momento, Daniel, que escuchó todo junto con Alejandro, que estaba pensativo, con el cuerpo apoyado sobre el arrume de frijol que cosechó junto con su esposa, a ratos con la lluvia a sus espaldas y otras tardes con el poniente del sol a la máxima temperatura, se le acercó a este y le susurró: Malparido, cree que se lo voy a regalar. Si no hay más frijol en la plaza.

Conmigo la platica es contante y sonante. Présteme un cigarrillo pa’ botar los nervios, dijo el comprador y agregó: A mí me gusta porque está muy bonito, ¡pero esto está duro. ¡Usted sabe cuando el mercado está malo! Es que de Bogotá ya empezó a entrar comida... Entonces qué, amigo, ¿mando a pesar o qué? Así no se puede. Si mejora la oferta sí, le contestó Daniel.

Ya le rebajamos a $ 2.300 y él solo ha subido a $ 1.800, le contó Alejandro en voz baja al patrón —que también llegó a presenciar la venta del frijol.

No hay comida y están desganados, pero pa’ mamame si no me enseñaron. Y seguía esgrimiendo argumentos de por qué no ofrecía un mejor precio. Pero le hizo otra propuesta: Déjeme diez bultos a como venda el otro, o si me lo da a como le ofrecí se lo compro todo. —Y seguía jugando con las vainas de frijol en sus manos.

Partamos diferencias, le propuso Daniel, y en ese instante llegó un señor, que caminaba lentamente, con una barriga mediana que le sobre salía por encima de la correa, y mientras sacaba vainas por entre el costal, preguntó: ¿A cómo el frijol? A $ 2.300, le contestó el vendedor. ¿Cuántos bultos le quedan?, indagó al tiempo que desgranaba dos de las vainas que tenía en sus manos. Once, le dijo Daniel. Y en ese instante el de las bermudas mandó a recoger y pesar los diez bultos que dijo que le pagaba a como vendiera los demás. Pero cuando alzaron el último bulto le dijo: Eso sí, que sea a como vendió todo. Se lo dejó claro el que adquiría los primeros diez bultos.

El nuevo comprador tiró al suelo las cáscaras del frijol que desgranó, y mientras jugueteaba con los granos en una mano le dijo: Le compro nueve a $ 1.800. ¿Los echo? Dígame de una vez que pa’ la tarde hay mucho frijol. A $ 2.200 pues, le hizo la contrapropuesta Daniel. No, mijo, usted sabe que apenas llegue más, ni a $ 1.500 sirve. ¡Y llega bueno! Usted calcule si me lo vende a mí. Último precio a $ 2.200, le dijo el vendedor. Y el señor de la barriga, mientras seguía jugando con los granos de frijol de mano en mano, le señaló: No me sirve, démelo a dos; luego tiró al suelo los pocos granos y las vainas que le quedaban, dio media vuelta y se retiró sin decir más.

Después se acercó el que mandó a pesar los primeros diez bultos y le propuso a Daniel: ¿Le sirve a $ 1.900 pa’ que eche todo y recoja la platica junta? No, a $ 2.100. Le pago a completo. No, es que a $ 2.000 es muy bajo el precio. Y le pago a eso es porque el frijol se pasa de bueno. ¿Que sigan pesando, calidoso? O dejamos ahí. Solo los diez y ya sabe, si los vende por encima de ese precio a eso se los pago. Pero eso sí, todo —enfatizó de nuevo—. ¡Se pasa de bueno!, repetía constantemente el comprador y Daniel solo movía la cabeza diciendo: No, así no podemos.

Mientras comprador y vendedor intercambiaban palabras, se acercó un señor al primero y le dijo: Jhon, en tus manos encomiendo mi espíritu. Listo Botero, le contestó mientras este se retiraba. Luego, el que adquirió los primeros bultos apartó con el dedo índice las fibras de un costal, introdujo las vainas que había sacado y se retiró un poco para dejar al que cultivó el frijol y a su cuñado que deliberaran. Y como en forma de secreto le comentó Daniel a Alejandro: ¿Que sigan con esa chimbada o qué? Usted es el que sabe, le contestó Alejandro. ¡Pesen el resto!, gritó el vendedor. Y este, cuando empezaron a cargar para pesar el frijol, se fue a ver cómo el que administraba la báscula anotaba en una tirita de papel los kilos de cada uno de los costales: 67, 69, 76, 73… hasta terminar con el bulto número veintiuno.

El comprador llegó hasta la báscula, pidió los papelitos para sumar todas las cantidades anotadas —incluidas las de los diez bultos—, sumó y se fue a recoger la plata, pues supuestamente él había comprado para tres más: para Botero y otros dos.

A los pocos minutos, el que compró le hizo señas a Daniel para que se acercara por el dinero y este acudió con Alejandro. Mire, son $ 1.501 kilo, le dijo exhibiéndole la calculadora y entregándole las tiritas de papel. Son tres millones dos mil pesos, agregó, mostrándole la cifra que arrojó el pequeño aparato.

Sacó un fajo de billetes de su diminuto maletín de cuero, contó tres millones de pesos, se los pasó y le dijo: los dos mil me los rebaja. Esos dos mil me sirven para un par de panela o una libra de arroz, le contestó el que cultivó el frijol. El comprador hizo caso omiso de estas palabras y dio media vuelta. Y mientras se perdía por entre los bultos de zanahoria, repollo y demás legumbres, Alejandro balbuceaba palabras de las mismas que ya había expresado en medio de la negociación, pues los dos mil pesos nunca llegaron a sus manos.

Se acercó el de la báscula y dijo: ¿Por favor me regala $ 4.200 de la pesada? ¿Dónde está el cotero?, preguntó Alejandro después de pagarle al de la báscula. Aquí, dijo apareciendo detrás de él. ¿Cuánto es? Usted sabe que es a $ 500 la pesada y la llevada a la bodega de cada bulto. Son diez mil quinientos. ¡Deme $ 10.000!, le dijo el bulteador.

En el bar del frente los espero para que nos tomemos algo, le dijo a Alejandro y a su cuñado el propietario de la finca, que costeó el cultivo, y que estuvo al tanto de todo el proceso. Unos minutos después, cuando llegaron, Alejandro, le pasó un paquete y le dijo: Patrón, ahí está lo suyo. El jefe contó el dinero. Había millón y medio. Se los echó al bolsillo, pidió un aguardiente para él, y Alejandro con su cuñado, después de tomarse una gaseosa cada uno, salieron para Granada a desyerbar y aporcar el cultivo que sembraron en la finca vecina, y que costeó el propietario de la misma. En unos cuarenta días más recolectarían la cosecha.

 

DesdeGranada.com. Encuentre aquí todo lo que desea saber sobre Granada, escríbanos con sus comentarios y preguntas aquí y en nuestras redes sociales.

Últimas Revistas

La Viga 94

La Viga 94

Edición 167

Edición 167

Edición 166

Edición 166