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Accidentes que condenan

26 Abr 2012
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Por: Fernando López


 

 

Remodelaron el puesto de salud, pero la comunidad de Santa Ana en Granada Antioquia, denuncia una total falta de cobertura hospitalaria.

Anderson acaba de cumplir cinco años y en su rostro ya se marcan las cicatrices de nostalgias apretadas. La mañana del pasado 3 de noviembre, cuando apenas el reloj marcaba las siete y cuarto, cayó de un segundo piso, un balcón que tiene una altura de algo más de tres metros.

Emilse, su madre, comenta que lo único que recuerda de ese momento es que le dijo al enfermero: “Tenga mi niño que se me mató”. Cuando tuvo plena consciencia para asumir lo sucedido, empacó un par de prendas de vestir y se aferró ferozmente a la vida de su pequeño. “Mi Dios es muy grande y misericordioso. Él ve por todos”, afirma decididamente cuando le preguntan por el milagro que salvó la vida del menor. Emilse y Anderson viven en Santa Ana.

Éste es un corregimiento de Granada al que su difícil acceso lo convierte en un trágico referente del abandono estatal. 24 kilómetros separan al centro poblado de la cabecera municipal, trayecto que se recorre en medio de una sinuosa trocha que explica las más de dos horas del viaje. A Santa Ana no llega transporte durante la semana, baja un bus escalera cada lunes y no regresa hasta el viernes.

Aquel jueves no había manera de atender a Anderson en el puesto de salud de la localidad: la magnitud del accidente y los escasos recursos de los que dispone la comunidad no bastaron para cubrir lo que se necesitaba. Emilse recuerda que le gritaba desesperada al enfermero: “¿El niño está muerto? ¿Dígame si el niño está muerto?”.

Ante el intento desesperado por llamar una ambulancia y la imposibilidad de ésta para acceder inmediatamente al corregimiento, Emilse –con el niño entre sus brazos– se subió a una moto que conducía el seminarista. El enfermero los acompañó en otra moto y emprendieron la travesía por la vida de Anderson. “Un minuto puede salvar la vida del niño”, repetían imperantemente ante la apremiante necesidad de llegar rápido a Granada.

Entretanto, se esperaba una firma en el Hospital Padre Clemente Giraldo que autorizara el auxilio del niño en la ambulancia de la ESE de Granada. Uno de los tantos engorrosos trámites que denuncia la comunidad y que hacen más deficiente la capacidad de respuesta ante las emergencias.

Después de mucho esperar se dio la orden de salida del centro hospitalario, el vehículo encontró al paciente en el sector conocido como El Tabor, a pocos kilómetros del casco urbano. “Y así y todo me tocó dar 45 mil; pero eso no es plata” argumenta Emilse frente al valor de la vida de su hijo.

Santa Ana carga con una tragedia humanitaria desde la década de los 90. Su gente atestiguó los más intensos fenómenos del conflicto armado y ahora su recuperación sólo abre las cicatrices abiertas de la época de violencia.

Ante el abandono de la localidad por varios años en los que éste fue un escenario fantasma, el puesto de salud se deterioró. Recientemente la Administración Municipal hizo una inversión aproximada a los 200 millones de pesos para su remodelación (140 en infraestructura y 55 en dotación de equipos), trabajo en el que llevan algo más de cuatro meses y no se han terminado las obras.

Mientras el puesto de salud es remodelado, se adecuó una casa del pueblo para atender provisionalmente a los pacientes: “un espacio frío y oscuro, con escasas condiciones de higiene y salubridad en el que si lo atienden a uno le puede dar es una infección”, afirma un habitante de la localidad. Los medicamentos están almacenados en dudosas condiciones de asepsia y las precarias instalaciones apenas concuerdan con los escasos recursos disponibles.

Juan Fernando Alviar Ramírez, ex gerente del Hospital de Granada y quien estuvo al frente del proyecto, afirma en un comunicado publicado en la página web de la Alcaldía  que las demoras se deben al surgimiento de causales como el deterioro del suelo, humedades y problemas con la red de alcantarillado. “Debido a estas circunstancias se tuvo que reiniciar la obra para organizar todo el sistema de acueducto y de alcantarillado conforme a los requerimientos de la construcción y de la norma para los servicios de salud. Igualmente la parte eléctrica fue reemplazada en su totalidad”, dice el informe.

Existe muy poca información en la comunidad al respecto, por lo que muchos de los pobladores sospechan del proceso. “Al parecer, no se han puesto de acuerdo con la gente del Hospital”, manifiestan algunos frente a la demora que ha presentado la reinauguración del puesto de salud.

Guillermo Marín, párroco de la comunidad religiosa de Santa Ana, asume una postura bastante crítica frente a la situación que se viene presentando: “Aquí escasamente se prestan los primeros auxilios”. Ante cualquier eventualidad se tiene que recurrir a métodos inusuales para atenderla, como ya se han presentado varios casos de accidentes domésticos y laborales en actividades propias del territorio como lo son la agricultura y la ganadería.

El escenario se torna más complejo si se considera que algunos sectores de la localidad están minados y los campesinos reconocen que las maquinarias de guerra –a pesar de que se niegue constantemente– aun se mueven. Hace pocas semanas, por ejemplo, se encontraron artefactos explosivos a menos de 100 metros de la institución educativa local, lo que deja ver el riesgo inminente al que están expuestos los habitantes.

Sumado a la ausencia constante de un médico, el enfermero de turno no cuenta con los recursos necesarios. Conocedores de la situación afirman que la inversión en salud que se está ejecutando no tiene sentido, puesto que se está dotando a la comunidad de manera no acertada y arbitraria. Según una fuente consultada por Oriente Apress, el proyecto de remodelación no responde directamente a las necesidades que tienen los santaneños; si bien se están incorporando equipos de última tecnología, el enfermero no cuenta con las condiciones ni los recursos necesarios para hacer una sutura sin que represente un riesgo para el paciente, partiendo desde lo más mínimo.

Pureza Idárraga, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Santa Ana, afirma que “Aquí mandan una ambulancia, pero en las últimas; y eso que uno tiene que pagarla. En caso de una emergencia hay que llamar al padre para que preste el carro de la parroquia, porque del Hospital difícilmente bajan a recogerlo”.

El párroco Marín asegura que la dimensión de su presencia en la localidad va mucho más allá del campo espiritual, en vista de las necesidades que se presentan. “¿Cómo es posible que no venga una ambulancia? El carro de la parroquia toca prestarlo a las buenas o a las malas y eso es algo que no es incidencia directa de la parroquia”, afirma frente a la situación reiterativa del uso del vehículo parroquial como medio de transporte para los enfermos.

A tal extremo ha llegado la desprotección de la comunidad, que ya se ha recurrido a la Fuerza Aérea Colombiana –mediante el Batallón de Desminado Humanitario presente en el pueblo– para que un helicóptero lleve a los enfermos a centros hospitalarios de la subregión. No hay cobertura garantizada, se presentan accidentes y muchas veces no hay quien los atienda.

La señora Idárraga agrega que “frente a una emergencia quiere uno enloquecerse, pues no hay manera de salir de aquí. Estamos luchando mucho para que venga un carro diario. A veces me ha tocado salir urgente y tengo que madrugarme caminando, me demoro dos horas para llegar hasta donde puedo coger transporte”. Esto en las mejores condiciones climáticas y anímicas; si hay un enfermo con dolencias de gravedad, difícilmente podría asumir el mismo recorrido.

Oriente Apress pretendió insistentemente consultar los argumentos del Hospital frente a la preocupante realidad que denuncian en Santa Ana, pero las directivas no dieron lugar a entrevistas en el desarrollo de la investigación. Con mucho en entredicho y la comunidad sin servicio de ambulancia, el evento de reinauguración del puesto de salud está programado para el próximo domingo 29 de abril.

 

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