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17 Nov 2018
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Quiero salir de esto

Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez.

Una día me llegó un mensaje: “Don Hugo, colabóreme en lo que más pueda, quiero salir de esto”.

Yo sabía que era un S.O.S, pues era del celular de una amiga mía y en esos momentos me estaba escribiendo una sobrina suya. La tía ya me había comentado que a esta niña la habían descubierto con droga y estaba recluida en un hogar para menores infractores. Pero en esos instantes me escribía desde el hospital Manuel Uribe Ángel, donde se encontraba hospitalizada recuperándose de las consecuencias que tuvo el intentar hacer lo mismo que hizo su padre el último instante de su vida. Y ahí mismo le contesté: deme su nombre completo, pues yo solo sabía el primer nombre, Andry. Entonces me escribió: “Andry Yulieth Suarez Álvarez”.

Cuando llegué a urgencias del hospital, el portero me dijo: En tal parte está, y me señaló. Entré, y en un cubículo, con espacio para una cama, vi seis sillas, seis aparatos con sus respectivas mangueras e igual número de pacientes. Uno de ellos era Andry, que al verme, se paró tan rápido, que se podría comparar con una hija que no había visto a su padre por mucho tiempo. Su reacción fue tal, que pensé que se le podría desconectar el catéter que tenía instalado en una de sus venas. E inmediatamente separó su cuerpo del mío, le pregunté: ¿Cómo se siente? Sonrió, me miró a los ojos y dijo: Ya estoy más tranquila.

Hablamos más de una hora. Yo no salía del asombro y me preguntaba que a qué horas se volvió una señorita, pues ya había despertado y tenía pleno conocimiento del ambiente en que nació, que fue en un mundo en el que Colombia ha vivido por décadas, pero que ella, a sus once años que me la presentaron sus tías, no era muy consciente, o lo guardaba en su interior; pues su saludo por las calles de Granada de Andry hacia mí, era: “Hola, escritor. Hola don Hugo” y salía corriendo con una pequeña sonrisa. Yo sabía que ya le estaba dando vueltas y vueltas en su cerebro el asesinato de su madre, que ocurrió cuando apenas tenía unos dieciocho meses, el maltrato de la madrastra, el suicidio de su progenitor cuando ya ella contaba con diez años de vida…

Después de ir a traerle unas chocolatinas prometí volver y salí.

La próxima visita fue al hospital psiquiátrico del municipio de Bello, HOMO, a donde la trasladaron. Ya, cuando se iba a terminar la visita, le pregunté: Andry, ¿esa ortografía, cuando usted me envió su nombre, al escribir, lo hizo conscientemente? Sí, don Hugo, me respondió. ¿O sea que usted sabe que las primeas letras de los apellidos y de los nombres van con mayúsculas y lo aplica? Sí, siempre, volvió y me dijo. Entonces debe de ser buena para la escritura. ¿Le gustaría escribir su historia?, le indagué de nuevo. ¡Sí, muy rico sería!, me contestó con una cara de satisfacción como si ella esperara esa propuesta. De inmediato arranqué tres hojas de una libreta que yo cargaba, le regalé un lapicero y le dije: escriba aquí lo que quiera, lo que se le antoje.

Al otro día compré un cuaderno que en la pasta se leía: “MY FIRST KISS” ─me decidí por ese, por su experiencia que me narró en el hospital, de esa primera vez con su primer novio─, tres lapiceros de diferentes colores de tinta y me fui a visitarla. En la tarde, a la hora del encuentro, no podía creer lo que tenía ante mis ojos: las tres páginas llenas por lado y lado: le escribió a su padre que “así no estés vivo todavía te amo. Quién me va a leer un cuento antes de dormirme…”. No fui capaz de leer de corrido y menos, cuando ella notó que mis ojos estaban enlagunados. Entonces por momentos detenía la lectura, a ratos me saltaba párrafos y después regresaba hasta que terminé. Lo que me frenó alguna lágrima era cuando me concentraba en lo que una niña, que no pasó de sexto en sus estudios y desde los trece años se entregó al consumo de alucinógenos, tuviera, si no buena ortografía, más o mucho mejor, que personas con su bachillerato culminado que he tenido la oportunidad de conocer.

Le dejé el cuaderno explicándole qué debería de omitir y qué le daba más fuerza al texto. Al otro día, ya había pasado al cuaderno todo lo que tenía escrito del día anterior en las hojas sueltas pero con más orden y narrando el ambiente en que se encontraba, describiendo las personas que la rodeaban... Algunas de las frases con las que se dirigía para describir a su padre, las escribía con el lapicero azul que le llevé y para protestar por la madrastra, por el trato que recibía de ella, con frases como “Gonorrea, malparida que no sirve para nada. Usted es una carga para su papá…”, las plasmaba en el papel con el color fucsia. Con la ampliada del texto descargó toda la furia y lo hacía de una forma que me generaba asombro a mí como lector.

Luego, con calma le pregunté: ¿Es que usted me entendió qué era un adjetivo? Y sin más, me dijo. Sí, don Hugo.

Ella terminó el tratamiento psiquiátrico y la trasladaron de nuevo para el hogar de reclusión.

Cuando yo timbro para la visita y Andry siente mi voz en la puerta, yo también escucho cuando ella grita desde adentro: ¡“Mi padrino, es mi padrino”! Y apenas entro, empieza a esculcar mi bolso, como una niña que mira entre las cobijas a ver qué le trajo el niño Dios, para buscar lo que yo le llevo. Y en la visita pasada lo primero que sintió fue algo caliente ─era una presa de pollo─, y ya, mostrándome casi solo el hueso, me preguntó que dónde lo había comprado. Y le dije que el domingo pasado, maté el pollo más gordo de los que estoy criando en la finca, lo despresé, guardé un pernil, lo aliñe desde ayer y se lo está comiendo caliente porque lo saqué del horno para venirme a visitarla y traérselo.

Andry me dijo que le habían colaborado y los cargos que tiene no son por toda la droga que le cogieron, sino que solo son por ser consumidora y que posiblemente salga en diciembre del sitio de reclusión. Y yo sé que después de su salida, debo de seguir apoyándola con sus textos y que eso sea una ayuda para que de verdad se cumpla lo de su mensaje: “Quiero salir de esto”.

 

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