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Amor y un chocolatico

28 Ago 2015
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Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

El camino de más o menos cien a ciento veinte centímetros de ancho y de unos ochenta o noventa metros de recorrido para subir desde la carretera, lo adornan a cada lado unos Eucaliptos, que así hayan unos dos o tres sin hojas, sin ramas y solamente les quede los troncos tan blancos como un papel que ya están para derribar y usarlos como leña para el fogón;

tampoco le quitan la belleza del paisaje que adorna esa entrada a la escuela de la vereda El Sebadero, CER San Esteban. Este sitio, que tiempo atrás fue convertido como encuentro de grupos armados; hoy alberga a seis niños del sector y cuarenta y ocho que llegan del casco urbano del municipio, Granada, Antioquia.

Desde el bus de las ocho que va para Medellín, como si fuera una cosecha de muchachitos, niños y niñas bajan y bajan del automotor. En este llagan unos treinta a treinta y dos. Otros lo hacen en vehículos que ellos, sin ninguna pena les gritan: ¡nos lleva! A algunos también los traen en moto; y por último van entrando, en bicicleta o a pie, los seis de la misma vereda.

Inmediatamente subí las veintiuna escalas, que es el último recorrido para estar dentro de esa escuela, que si la vemos desde lejos parece una casita de un pesebre en medio de un potrero y árboles, el primer niño me preguntó: ¿A qué viene? Y sin terminar de contestarle, soltó otro interrogante: ¿y no le da pena de la profe? A mí tampoco, volvió a decir arrebatándome la respuesta a su segunda pregunta. ¡Porque a una niña le da pena de ella!, terminó contando Estiven, de apenas seis añitos.

Luego de entrar y que caminé unos pasos por el corredor, ya tenía a lado y lado varios niños, y uno dijo: señor, vea el aporrion que me metí. Otro se le adelantó y estrujándolo un poco al compañerito me mostró diciendo: ¡Yo tengo más aporriones que él! Y va señalando una por una sus heridas hasta que me mostró la de mayor tamaño, ya un poco cicatrizada, hecha por algún arma corto punzante.

Así como esos dos, son niños maltratados, sin amor, con falta de afecto -cuenta doña Nelcy Giraldo, una de las profesoras-. Y agrega señalando a varios de ellos: vea, esa niña tiene el papá en la cárcel. Esos otros, son cinco hermanitos de una señora que se vino a vivir al pueblo. El que usted vio, es el hijo mayor, está en quinto. Su padre le pegó un machetazo. De eso es la herida que él le mostró en el brazo. Claro, tiene el papá en la cárcel.

Usted no saludó, le dijo la profesora a uno que pasó por el lado de nosotros. Entonces el niño con su cabeza un poco gacha pero mirándola, dijo: Buenas noches, como en son de burla, pues apenas eran las 8:30 de la mañana. Y doña Nelsi no dejó de mirarlo a los ojos hasta que el niño rectificó: Buenos días, profe. Sonrió y siguió a jugar con sus compañeritos.

Aquí hay niños muy tremenditos. Afortunadamente tenemos tres sicólogas de un proyecto llamado PAPSIVI que están trabajando con ellos. Es que aquí la mayoría son huérfanos. Los

cinco que le cuento, que vinieron de una invasión de Medellín; perdone la expresión, pero ¡parecen el diablo en calzoncillos! Yo les dije, llevo tantos años aquí y ustedes sí me van a sacar canas.

Mientras conversábamos, una niña se arrimó y le dijo mostrándole el cabello suelto: ¿Profe tiene dos cholitos? Y con una voz como de remordimiento y sintiéndose culpable por no poderle ayudar, le contestó: No mi amor, los saque del bolso y se me quedaron. Otro se arrimó encorvado con las manos puestas sobre el estómago y le dice: Profe… y sin que él le dijera algo, al ver que se quejaba, ella le preguntó: que, ¿tiene dolor de estomaguito mi corazón? ¿Pero no tiene diarrea? Venga le doy una cucharadita de limón mi amorcito. Que si le va a guardar a él el mecato en su pieza, también interrumpió otro de los niños. Así es aquí, señor -dijo doña Nelcy-, uno es sicólogo, enfermero…, de todo. Mire a mi compañera Johanna, que maneja el preescolar, le toca limpiarles los moquitos. Y hasta el rabito también se los limpia sin ningún problema.

A medida que van entrando unos pasan a jugar a un patio, otros a montar columpio, pero la profesora sigue haciendo el inventario social y de necesidades: vea, aquí llegan, y los que traen desayunito, pues ahora desayunan. Los que no trajeron es porque en la casa no han tomado nada y llegan voladitos a preguntar: ¿Hay chocolatico? Y como cuando yo empecé a trabajar les propuse que los que tuvieran con que, donaran una panelita para así poderles hacer a los que no tenían recursos. ¡Porque hablar de pobreza de estos angelitos!, no es palabra. Y ella exclama para afirmar: ¡eso es impresionante! ¡Usted se imagina un niño estudiar con el estomaguito vacío! Vea le cuento un caso:

Un día una niña yo la miraba porque la veía como triste que se agachaba sobre el pupitre y se ladeaba. Y me le arrimé: amorcito, dígame, ¿por qué no está trabajando en el cuaderno? –era ojerosa y pálida-, ¿qué tiene mi corazón?, le insistí. Y ella con ese desaliento y con una tristeza, ya para maluquiarse, me dijo: profe, es que hoy no he comido nada. ¡Pero por qué no me dijo! Es que me daba pena. Me contestó casi sin poder hablar. Y yo cogí y me la traje para donde doña luz Dary a la cocina y le dimos algo de tomar y le dije: Mi niña, no vuelva a hacer eso, dígame cuando su mamá no le pueda dar desayunito.

Un domingo, unas personas que no conozco y tampoco son de Granada, fueron a “El salón del nunca más” y allá se enteraron de la situación de mis muchachos. Y ese mismo día a la una de la tarde esa gente fue y me tocó la puerta de la casa; y al abrirles me preguntaron: ¿usted es la profesora de San Esteban? Y les dije, sí, en qué les puedo servir. No, es que aquí le traemos estas cositas para los niños de la escuela. Y yo ah, mi Dios les pague. Y un señor detrás de ellos también se va arrimando y me va diciendo: que vea, esto también. Y me va entregando ¡un bulto de panela¡ -y doña Nelcy pronunció esta frase como si a un muchacho le hubiera traído el niño Dios el regalo más preciado-, y allá todavía tengo alguito, porque quién se alza eso tan pesado. Y me voy trayendo de a uno o dos pares.

Había un señor que era uno que a principio de año me preguntaba: ¿cuántos niños tiene ahora? Y yo, tantos. Y los surtía a todos con lápices, colores, cuadernos… y morral incluido. Como que tuvo un percance y ya no ha vuelto; pero mucha gente por ahí en el pueblo me aborda y me dice: ¿Usted es tal profe? Vea que esto se lo mandó tal y tal persona. Y me entregan cartas y cosas de gente hasta de Medellín.

Aquí las mamás vienen llorando agradecidas por todo eso y me dicen: la mejor comidita que mi hijo se come es la de aquí. Y al ver a esos niños que se devoran esos almuerzos como si creyeran que nunca van a volver a comer, yo les dije que trajeran una coquita, que si sobraba yo les empacaba para la casa. Y diario les empaco la coquita con más comida.

Cuando le pregunté a Doña Nelcy, que cuál era el fenómeno. Que por qué casi todos los niños que estudian aquí vienen desde el pueblo. No, pregúntele a ellos, fue su respuesta. Y como la profesora los reunió para que yo les compartiera algunos de mis escritos y los incentivara a la lectura, al final del evento les hice esa pregunta y no dudaron en responder en coro: Nooooo, ¡con Argiro allá! Y otro niño: con ese Coco Liso. ¡Que tal! Con tal profesora que… -y en ese instante recordé lo que me comentó una madre que su hijo estudia en la escuela del pueblo: “que una maestra, cuando a un niño se le había caído la coca del lapicero al suelo, ella –la profesora-, antes de que él la cogiera, ahí mismo con el pie se la quebró y entonces a él le tocó seguir escribiendo con la mera mina”. ¡Y como son de regañonas!, dijo otra estudiante. A la profesora le tocó imponer el orden, pues uno encima del otro exponía sus razones.

Las mamás les dicen: si se portan mal, los meto a INEJAGO, y como para ellos eso es un castigo, con esa amenaza los niños mejoran el comportamiento. Comenta doña Nelcy.

Como aquí recibo a varios de los que no los admiten en la escuela del municipio y las madres de familia no hacen valer ese derecho a la educación; me han dicho que esos son unos desechables. Otra me dijo que cómo hago con esos diablitos y yo le contesté: no señora, ellos nos son ningunos diablos, ellos para mí son unos angelitos. Un día que fui a recibir a otro, los mismos compañeros dijeron: no reciba a ese gamín. En cambio la personera, una niña de quinto, dijo: no profe, yo sé que aquí lo cambiamos. Imagínese que a la escuela me la han bautizado que esto es un “Reformatorio”. Y si de eso se trata, de salvar niños de la delincuencia, estoy satisfecha. Comentó doña Nelcy como si ese fuera su apostolado.

Y por último me dijo: cuando alguien no nos da, las familias mandan la panelita y entre nosotras, las dos profesoras, compramos el chocolate. Ya con eso a los niños los recibimos con “Amor y un chocolatico”.

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