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Tomas a Granada

19 Jun 2014
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Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez 

Todos al parqueadero, fueron las palabras de Alberto, el conductor de la ambulancia, al ver que varios voluntarios le ayudaban a recoger cadáveres. 

Con rumores: se van a meter. Y otros diciendo: cómo lo van a hacer si el pueblo está inundado de guerrilleros. Hasta la policía charla con ellos en las esquinas. Esas eran las discusiones con que los habitantes de Granada se acostaban a dormir después de que en el Alto del Palmar, a tres de los que vendían el cable que recogían de las torres de energía dinamitadas por la guerrilla, los bajaron del bus de las 6:45 de la tarde, encabezando la interminable lista de víctimas. 

Unos desde El Santuario y otros supuestamente desde el Magdalena Medio, al mando de Ramón Isaza, iban ganándole terreno a la guerrilla a medida que, desde el sitio donde cayeron los tres antes vendedores, hasta El Ramal, no dejaron sino huérfanos y viudas con las cruces que sembraron a su paso. 

Bájense todos. Con ese saludo recibían a los pasajeros después de que paraban los buses, las escaleras, las jaulas y cuanto vehículo pasaba por ese sitio. El primer pecado era ser oriundo de Santa Ana o llevar botas de caucho. Esos eran los primeros en ser filados en el suelo. Pero, como fuera, no perdían la parada del vehículo y dejaban al que se les antojara. Por lo regular, los ajusticiaban delante de los otros pasajeros, enviándoles el mensaje a los granadinos: así van a quedar todos los colaboradores de la guerrilla. O cuando el jefe estaba de buen genio, después de decirle al chofer del bus: “Siga, gran hijueputa”, enseguida sólo se escuchaban los disparos, que por lo regular eran dos o tres para cada una de las víctimas, que por dentro llevaban la marca de su sentencia: ser granadino. También decían: “si está asustao, es porque es informante, colaborador o, mínimo, guerrillero”. Y ahí lo silenciaban.  

Para el año 2000, el retén que habían montado varios meses atrás, a unos cuantos kilómetros del municipio de El Santuario, ya había avanzado hasta El Ramal, a sólo cuatro kilómetros del casco urbano de Granada. Pero la guerrilla seguía con el dominio desde El Sebadero (si mucho, a kilómetro o kilómetro y medio de la entrada al pueblo), y este control se extendía hasta las veredas que lindan con los municipios de San Carlos, San Luis y Cocorná, entre otros.  

Un día —dice Alberto, el conductor de la ambulancia— salí del pueblo a recoger a un enfermo a Rionegro. Al pasar por El Sebadero había un retén. Luego de la requisa, me dijeron: “Ojo pues, lo conocemos muy bien, usté sabe cómo es la güevonada… Sígase”. Al llegar al Ramal, me paró el otro grupo armao: “Bájese. Las ambulancias, pa’ cargar armamento y guerrilleros son dañaos, bájese, perro. Oiga, ¿Qué hay de aquí pa’ rriba?”. “¡Di aquí pa’ rriba! Hay un retén, hay uniformaos”. “¿Qué grupo era?”. “No sé. Hay gente armada”. “¿Es guerrilla? No sé. Sé que están armaos”. Mientras me requisaban, otro me preguntó: “¿Hay mujeres?”. “Sí, hay mujeres, hay tipos con cola, hay barbaos. Sí señor”. “Mire hermano, gracias a Dios nos dijo que había gente allá. Eso es guerrilla. Ya sabíamos y nos dio por preguntaleOnde usté nos meta mentiras y diga que no hay nada, ¡o que estaba era el ejército, que no hay uniformaos allá!; aquí mismo lo hubiéramos pelao. ¡Acá se muere! Eso es lo que nos gusta, que nos digan la verdá. Sígase a cargar guerrilleros, que por aquí los vamos bajando”.  

Desde ese día pa’ delante, uno se encontraba de todo: guerrilla, paracos, encapuchaos, ejército, camuflaos, de civil armaos hasta la coronilla… A mí me empezó a dar culillo salir. Porque al principio no había problema, uno le obedecía a la guerrilla y listo. Llamaban al hospital y el gerente me decía: “Hay que ir a tal parte” y uno sabía. Les llevaba el médico… eso era todo. O ellos venían y decían: “Necesitamos la ambulancia”. Hacer lo que ellos dijeran… Pero después, ya con esa gente, jmm 

Una vez llamaron los del ejército, que necesitaban la ambulancia. Y salí. A sólo una cuadra del hospital me pararon los mismos soldados. Me requisaron y uno de ellos dijo: “¿Usté sabe dónde consigo bazuco?”. Cuando le contesté que no sabía, me dijo: “Regáleme dos mil pesos”. “No tengo”, le volví a decir. Ahí mismo bajó el fusil todo puto y dijo: “Démole chumbimba a este perro pa’ que aprenda a cargar plata”. Si no es porque otro intercede: “Lanza, se encarta, es el chofer de la ambulancia”, ahí me matan y no hubiera pasao nada. 


Por un lado del pueblo  

Noviembre 3 de 2000   

“Buenos días, ¿pa’ ónde va?” —fue el saludo de Salomé Giraldo, acompañada de Conrado, su hijo, a Roberto Giraldo, a las nueve o nueve y media de la mañana—. “Voy a dale vuelta al araíto, allí al Vergel y a ver qué traigo pa’ la olla”, respondió el paisano que seguidamente detuvo su marcha y les contrapreguntó: “Y ustedes ¿qué hacen por aquí, pa’ ónde van?”. Al recibir la respuesta de que iban a lavar una zanahoria que habían recolectado para sacarla a Santuario, Roberto les pidió autorización para pasar a la finca de ellos, que quedaba al frente, y recoger la menudita de esa cosecha pa’ echale al ganao. “Coja lo que se le antoje, le contestó Salomé”. Roberto dio media vuelta y todos siguieron su camino.  

Estando en el arado, luego de que Roberto le pegara el machetazo a un camargo, a la espera de que se doblara para alcanzar dos o tres guasquilas, el pequeño sonido producido por la caída del palo fue interrumpido por una sucesión de disparos que, así se notara que era allá, en la zona urbana del municipio, las detonaciones hacían suponer que era un armamento que nunca se había vuelto a escuchar desde la toma guerrillera a finales de la década de los ochenta, para desocupar la Caja Agraria. Juemadre, ¡eso por qué se escucha hasta por aquí!, se preguntaba Roberto, mientras alzaba la mano para reventarle el bejuco a las cidras y echarlas al costal.  

En la casa de la finca del frente se encontraban dos hijas y dos nietecitas de la señora que él saludó en el camino. Sin cesar el ruido de lo que, se imaginaba, era un enfrentamiento, Roberto se fue a recoger lo que le autorizaron. Pero era más el número de detonaciones que las hortalizas que alcanzaba a echar al canasto. Había recogido poco más de una pucha de las diminutas zanahorias, cuando una voz entrecortada y sin alientos le interrumpió la labor: “Dooon Robeeeertoustéusteee ¿nos… acompaña al pueblo?, es queee a nosotras solas nos da miedo”, le dijo una de las niñas, y repuso, mostrando el cielo: “Vea ese helicótero, mire que es el amarillo, el de esa gente. Repárelo cómo revolotea...”. A nosotros siempre nos han dicho que esto se va a poner peor que San Carlos, pensó Roberto. Al contestarle afirmativamente, la niña se fue a alistar las cosas, mientras le decía: “Cuidaíto nos deja”.  

Roberto venía acompañando a las dos hijas de Salomé y a las dos nietecitas. Al llegar a la quebradita La María, antes de coger hacia la imagen de la virgen, vio un cadáver y les dijo: “Muchachas, allí hay un muerto, ¿quién será? Ustedes quédesen aquí y deje atisbo a ver quién es”. Al regresar al lugar donde se encontraban las niñas, no sabía cómo decirles lo que había visto… “Don Roberto, ¿quién era?”, preguntó una de ellas. Él agachó la cabeza y, sin darle la cara, alargando las sílabas para pronunciar cada palabra, abrazó a una de las niñas mayores: “Eees… Cooon-rado, su hermano”. De inmediato, ella lo soltó y se fue hacia el cadáver. Al instante salió corriendo gritando: “¡Ay, ay, ay, mamacita! ¡Ay, mamá, ay, ay, mamacita!, mataron a mi hermano, mataron a Conrado”. Mientras a ella se le iba perdiendo la voz, no por falta de pulmones, sino por la distancia que recorría, la otra hermana y las dos niñitas, estas últimas hijas del que yacía muerto en el suelo, degollado, al pie de la zanahoria que había acabado de lavar, se quedaron con su papá y hermano en compañía de Roberto, sin entender lo ocurrido.  

La que corría, al estar próxima a su vivienda, sin dejar de emitir las mismas palabras, quiso entrar a su casa pronunciando de nuevo: ¡Ay, ay, ay! mamaci… pero se le cortó el habla. Ahí, cerca a la puerta, por poco se tropieza con el cuerpo de Salomé. Estaba en el suelo, sin vida, rodeada de sangre; en una de las manos tenía una bolsa de rayas con zanahorias; algunas de estas esparcidas por el suelo. Contemplando el cuerpo de su madre, giró la cabeza hacia un lado y notó que su papá estaba herido y agonizante. Él, que acababa de salir de una cirugía y estaba en convalecencia, como pudo, quiso salir a ayudar a su esposa y una ráfaga de fusil lo cubrió de las piernas hacia arriba.  

Roberto, al ver que no se podía hacer nada, siguió camino abajo con las tres niñas. En el recorrido, a él sólo se le ocurrió decirles: “no miren”, pues se seguían encontrando más sorpresas. Un poco más abajo de la casa de Pispiris, desde la cabina de un camión, se veía destilar la sangre del conductor. Al pie de este, una señora, hija del finado Ignacio Gómez. Cuando ella sintió los disparos, salió en busca del niño y ahí cayó muerta, al lado del camión. Más abajo, cerca al Zacatín, otro. Llegando a la variante, una hermana de Roberto Noreña y su esposo…  

Después de observar lo ocurrido, que los granadinos sólo habían visto en el cine o la televisión, y haber dejado en custodia de un familiar a las niñas, Roberto se entró para su casa. La madre lo miraba... Él sabía cuál iba a ser la pregunta, entonces se le adelantó: “Mamá, nuestra vecina Salomé cayó allí”. Su madre, de inmediato, se dirigió a la puerta diciendo: “Voy a vela, ¡tengo que vela!”. “No mamá, no se arrime por allá”. Ella no hizo caso y salió. No habían transcurrido más que unos minutos, cuando la madre de Roberto volvió a entrar y se sentó en el mueble de la sala. Se quedó sin pronunciar palabra casi un cuarto de hora. Cuando le salió de su boca la primera expresión dijo: “¿Por qué contra el pueblo? ¡Qué les debemos nosotros a esa gente! ¡Qué pecao cometimos!”. El teléfono de su casa, el de la vecina del lado, el de la del frente… el silencio era tal, que se sentían repicar los de todos alrededor. “Me hormiguiaba la cabeza”, le decía Roberto a un periodista que llamó, y luego repuso: “Pues véngasen que por teléfono no se puede describir lo que pasó”. “Pero a todo el mundo le dio miedo venir”, terminó diciendo Roberto.  


Por otro lado del pueblo. Por la entrada de  

El Santuario   

A las doce y medía del día de ese tres de noviembre —cuenta Alberto— yo estaba haciendo alistar la ambulancia en la bomba de arriba. En compañía del pintor, Mincho Castaño, y con el del montallantas, mientras esperaba que la lavaran, nos pusimos a hacer un almuerzo al lado de donde pintaban carros... Cuando me dice uno de ellos: “Bertico, ve lo que viene allí arriba, uniformaos… Son como militares”. Sin terminar de contestarle que creía que no eran, sonó un disparo, dos, seguidos de ráfagas. Vi caer al primero, luego al segundo... Yo pegué pa’ la casa, Mincho corrió hacia abajo y el otro ni sé pa’ ónde, pero se perdió. Al ver que las balas daban en la pared, me acurruqué debajo de las escalas y, cuando pude, empujé el portón, entré y me metí con la hija, mi esposa y una vecina debajo de la cama.  

A la par que se sentían las detonaciones, el teléfono timbraba y timbraba… Después de tanto repicar, cuando me percaté de que las ráfagas sonaban más abajo de mi casa, saqué la cabeza, levanté la mano, tomé el auricular del nocherito y, volviéndome a escurrir debajo de las tablas, me lo puse en el oído; sin siquiera yo decir aló, escuchaba la voz de mi jefe desde el hospital, que decía: “¡Alberto, Alberto, lo necesitamos aquí cuanto antes, véngase ya, escuche, escuche, el pueblo está prendido! Ahora esto se debe de llenar de heridos agonizantes y quién sabe cuántos muertos”. Entonces yo saqué la mano de debajo de la cama en la que tenía el teléfono, la levanté y parecía que fuera a transmitir un partido de fútbol en directo. Luego volví a pegar el teléfono a mi oído y le dije: “¡Sí escuchó usté también!, en este lao la cosa no es diferente”. “¡Entonces qué vamos a hacer, Alberto!”, me gritó como si se estuviera acabando el mundo, y le dije: “¡Qué van a hacer ustedes allá!, porque yo lo que es de aquí no salgo. En la calle debe de haber cientos de muertos. Antes de meterme acá debajo de la cama, sin siquiera espabilar, vi caer los primeros tres. Yo de acá no me muevo, que me maten aquí, pero a mi familia no la dejo sola”. Y tiré ese teléfono en el suelo, y ahí lo dejé.  

…Cuando no sentí más disparos y escuché el ruido de un carro que pasaba por la calle del frente, salí a observar. Al ver que ya no corríamos peligro fui y les hice señas a mi esposa, la hija y la vecina para que salieran de debajo de la cama y volví a salir.  

En las calles la soledad asustaba, parecía que el pueblo completo se hubiera mudado en tres horas. De nuevo observé los mismos cadáveres que vi caer al pie de la bomba. Seguí contando los otros que, por lo regular, cayeron queriendo entrar a su casa. El papá del sacristán de la iglesia muerto con otro muchacho. Donde tanquiaban, otro. Al de la cafetería también le dieron. Cada vez que apreciaba un cuerpo más sin vida, las manos me temblaban, como si detrás de mí vinieran los asesinos. En una cuadra, que hay de donde yo vivo al cementerio: sangre, sangre y más sangre.  

Al bajar a la variante, si la escena no era peor, era algo que uno nunca se hubiera imaginado, a pesar de las amenazas de que iban a limpiar a Granada. Las calles del municipio sólo las acompañaban las almas de los difuntos.  

“Aquí no hay quién recoja ni arregle muertos. Camine ayúdeme”, le dije a un Frisolo, que fue al primero que vi por las calles. Fui al lavadero por la ambulancia y ni me recordé que eso era prohibido, pero empezamos a echar los cadáveres ahí. Después de que se percataron de lo que estábamos haciendo mi amigo y yo, sin siquiera ser autoridad para eso, se nos unió mucha gente del pueblo y ya lo que empecé fue a pasarles camillas de las que había en urgencias y por los pasillos del hospital. Desde el primer viaje que hicimos en la ambulancia y después, cuando los voluntarios iban llegando, yo les decía: “Todos pa’l parqueadero, es la única parte donde podemos recoletar tanto difunto”. Yo veía cuando entraban con ellos o los ayudaba a acomodar en el sitio donde teníamos que dejarlos. No me aguanté, hasta ese momento estaba fuerte, pero al verles la cara y saber que el uno era un amigo de farra, luego llegaban con otro y era ex compañero de estudio, otro amigo, con el que, de niños, jugábamos fútbol en el plan… otro que me colaboraba cuando me encontraba varao en la carretera… Ahí sí no pude y solté mis primeras lágrimas; luego se vinieron tantas que parecía un diluvio... Después nos avisaron que por algunas veredas había otros muertos por parte del grupo armado contrario. Dizque los tildaron de sapos. A esos también los metimos con los del pueblo, en la misma parte. Ese parqueadero nos quedó como un matadero de reses. Uno tenía que saltar para no parase en los muertos…  

Alberto se agacha lentamente, pone su cabeza sobre las manos, luego gira un poco su cuerpo, baja los brazos, los muestra y dice: mire cómo estoy temblando. Eso hace más de diez años y en estos instantes, los hechos patinan por mi memoria; es como si hoy estuvieran ocurriendo.  


Cristiana sepultura  

Esa gente se nos estaba pudriendo y no sabíamos qué hacer: a Pipelón, el que arreglaba muertos, lo habían matao. De los municipios vecinos nadie se atrevía a venir y la gente empezó a agolparse en la puerta del hospital; claro, los que tenían güevas, porque a muchos les daba miedo indagar por sus parientes.  

Desde Cali, unos familiares de Chocolito, que cayó en la toma, contactaron a la Funeraria Medellín para venir a Granada a que les recuperaran el cuerpo. (¡Sí, que se los recuperaran!, porque hasta los muertos estaban secuestrados en el pueblo. Nadie podía hacer el trabajo de arreglar un cadáver). Ya por los alrededores del hospital se empezaban a detectar los olores que emanaban los veintidós cuerpos en descomposición. En el interior del centro médico, a pesar de que teníamos tapabocas, no aguantábamos la fetidez. Entonces, aproveché a los funcionarios de esa casa fúnebre para pedirles que le hicieran el trabajo a la totalidad de las víctimas. A ellos como que también se les contagió el virus de zozobra y temor con que se encontraba la población, porque no querían. Entonces les dije: “Ustedes no nos pueden dejar aquí botaos, es prácticamente una obra de caridad que hacen por el municipio y por las personas que están paradas esperando una solución. Si quieren, miren hasta dónde llega la multitud alrededor de la puerta del hospital. Yo sólo soy el chofer de la ambulancia, pero me apersoné de esto”. Cuando accedieron a hacerlo, ya el problema era el costo. Barequiándoles, logré cuadrar que me arreglaran a treinta mil pesos cada muerto.  

Bueno, ya los van a arreglar, y ¿ahora qué?, pensé yo. Y sin un peso en el bolsillo. Cuando comenzaron a hacer el trabajo, ya un poco tranquilo porque el problema de los cuerpos iba a desaparecer, me senté en uno de los pasillos a pensar: Hice la cuenta: veintidós, menos el del Chocolito, son veintiuno… a treinta mil, son 630 mil. ¿Qué hago?... Me puse a analizar con quién me conseguía el dinero, en un pueblo al que se lo estaba consumiendo la desesperación y el paupérrimo comercio en que lo tenía la violencia, casi todo con las puertas cerradas.  

Me arriesgué y, en compañía de un amigo, nos fuimos de puerta en puerta a pedir donaciones. Nadie nos negó una moneda; el que podía dar un billete o dos, no dudaba en voltear el bolsillo al revés o sacar la billetera. Pero con nadie, absolutamente con nadie, perdimos la abierta de la boca.  

Cuando regresamos al hospital mi amigo y yo, mientras contábamos la plata de la recolecta, en medio de la angustia le robamos a nuestros rostros una sonrisa, al ver que era suficiente y hasta sobraba para pagale a los tres que los estaban rajando y arreglando pa’ solucionale el problema a los agolpados en la puerta.  

Después de haber conseguido dos ayudantes —uno de ellos era José Quintero, que había trabajao en la funeraria que desapareció con el asesinato de su propietario— para que por ahí derecho fueran aprendiendo, empecé a alivianarles la angustia por la espera a los dolientes. Cuando el pueblo supo que habíamos entregao al Chocolito, se les olvidó que el miedo existía. Haga de cuenta que Granada se pasó a vivir a las afueras del hospital. Toda una noche por entre las rejas gritaban: “Alberto, entrégueme a mi Tatico”, “Albertico, por favor a mi papá, favor a mi mamá, ay, ay, ay”, “Albertico, no me deje aquí otra noche esperando, entrégueme a mi Ratoncito, entrégueme a mi Ratoncito”. “Alberto, no me deje más tiempo tirao allá a mi niño, entrégueme a mi hijo, no me deje morir aquí parada”. En medio de la multitud, entre los pies de las personas, un niño decía: “Quiero ver a mi agüelito”.  

Al escuchar todo eso, yo, pálido y cansao, tomaba agua y más agua para saciar la sed. Cuando entregaba uno, más se llenaba la acera del frente del hospital con esa muchedumbre pidiendo clemencia por su difunto. Acá en Granada todos somos Gómez, Giraldo, AristizábalZuluaga… Mejor dicho, no se salvaba casi nadie que no llorara a un familiar, porque hasta los desconocidos ya se sentían familiares, así fueran primos segundos, terceros. Por algún rincón de su apellido lo tocaba la tragedia. Aquí no se sacaba pecho diciendo que era un amigo importante el que murió. No, aquí se sentía la partida de decenas de hermanos del pueblo, hermanos campesinos, trabajadores; y algunos de ellos murieron al pie de las zanahorias que cultivaban en sus fincas.  

Torcieron la puerta y, ¡cómo les podía brincar! Apenas yo salía a raticos a deciles que ya salía el otro, luego el otro. Después de haber entregao unos tres o cuatro, ¡qué sé yo!, me dio por ir donde los tenía filaos, a ver si alcanzaba a adivinar cuál era el abuelito, pero no fui capaz; y dando saltos pa’ no parame en los muertos, pasé a la sala donde los estaban alistando pa’ preguntale a los de la funeraria cuánto se demoraba el que seguía. Y la respuesta de ellos, mostrándome las manos, fue: “¿Usté cree que con esta tembladera podemos avanzar?… ¡Escuche, escuche!”. Hasta eso, me había pasado algo desapercibido, pues el día antes nos habían dao la bala suficiente. Casi todo el tiempo que duró la arreglada de los cadáveres, los cerros de Granada se habían convertido en un infierno, en una bola de fuego. El grupo contrario a los de la toma trató de metese al pueblo y los helicóteros lo impedían. Esto era una “O”, pero con mayúscula, de candeleo. Un helicótero por un morro, otro por el otro, otro por la otra punta. Me dijeron que habían dos o tres, pero parecía escucharse una docena. No existía un rincón de las veredas aledañas donde no se escuchara: ta ta ta ta ta ta, pum, ta ta ta ta ta ta, pum pumpa, pum. Creo que hasta las almas de los muertos se alcanzaron a despertar. Detonaciones iban y venían.  

Dicen que toda la noche nos acompañó el avión fantasma, pero yo ni me daba cuenta con las súplicas de la gente: “Albertico, ¿sigue mi muchacho?”. Otra: “¡Y mi esposo qué!, ¿a qué horas?”. Cada vez que salía, sólo veía retirar pañuelos blancos de sus rostros para agitarlos a ver si llamaba a tal o cual familia. Hasta en el camino de la sala a la puerta se me olvidaba el nombre del que iba a entregar y me tocaba decir: “la familia de Paturro”, o por el apodo que fuera más conocido. En ese instante saltaban como veinte familiares a pegasen de la reja.  

Nos demoramos una noche completa. Le pagué a los de la funeraria y me sobraron trescientos ochenta mil pesos, y le dije a mi amigo: pa’ que no haigan malos entendidos se los llevaré a John Jairo, el personero. Y a él se los entregué.  

Al día siguiente velaron los cuerpos en el despacho parroquial. Desde ahí salieron para la iglesia y seguidamente pa’l cementerio. Sus familiares, con los féretros, caminaban en una procesión nunca antes vista en el municipio, acompañados por la mayoría de la comunidad que no decidió abandonar ese mismo día su terruño.  

Mientras el pueblo caminaba a enterrar a los Gómez, los Aristizábal, los Rodríguez, los Zuluagas… sin un solo medio de comunicación que los acompañara, los noticieros transmitían las declaraciones de un jefe de la Policía diciendo: “Es que creyeron que eran del ELN y los granadinos salieron muy entusiastas a recibirlos”.  

A partir de ese día fueron apareciendo los tildados como informantes del uno y del otro y del otro grupo: en las mangas, caminos, cunetas, matorrales o en plenas calles del municipio, los cuerpos sin vida de cantidades de granadinos.  

A pesar del comentario en los cafés, las esquinas, tiendas… de que algo como el 3 de noviembre era imposible que se repitiera, la población fue abandonando sus casas.  

Al principio fue voluntario, pero luego se convirtió en una obligación en algunas zonas. Por ejemplo, cuando una señora le dijo a un empleado del hospital que si se podía pasar para su casa, que ella se iba, él no dudó en decirle que si lo esperaba hasta el otro día para ir por los colchones y algunas cobijas. Ella le respondió que era de una vez, que no necesitaba llevar nada, que en la cocina quedaba mercao mínimo para quince días, y que usara camas, armarios, nocheritos, muebles... “Antes le agradezco el recibirme la casa en calidad de préstamo”, le dijo ella, y que se iría para donde sus hijos a Cali. Y él se quitó un peso de encima, porque todos los que vivían en inmediaciones del cementerio deberían desocupar cuanto antes, y sólo le tocó ir a sacar la ropa y echarle candao a la casa… que no le sirvió para nada, porque ahí se metieron a dormir y a… los que mandaban en la población, que luego los hicieron ir, para ocuparla los que empezaron a mandar.  


Diciembre de sangre  

Esos eran los rumores, que para diciembre las fiestas iban a ser, pero de sangre. “Algo como el 3 de noviembre no creemos que se repita”, insistía la mayor parte de la población. Pero cuando partes de los cuerpos mutilados de unos transeúntes quedaron hasta en los techos de las casas o en los locales del frente, que quedaron totalmente destruidos con la explosión del carro bomba en la variante, a las once y veinte minutos de la mañana, el 6 de diciembre de ese mismo año, al pueblo granadino le cambió su pensamiento, porque ya no eran chismes. La población se metió a sus casas, ya no tres o cuatro horas como aquel día de la primera toma, sino unas veinte horas, como mínimo; muchos de los que se resguardaron en ellas quedaron sepultados al caerles paredes y techos encima, y no volvieron a salir sino unos cuantos pedazos de sus cuerpos para el cementerio.  

Alberto dice: Yo iba pa’l hospital con la hija, a reclamar una droga. Me senté en el andén a cuchariale un yogurt a la niña, cuando sentí como si dos o tres volquetas juntas vaciaran un viaje de piedra. Ese carro bomba fue el comienzo. Ahí, en la cafetería del frente del hospital, me metí con la niña y otros amigos. Todo temblaba. Del miedo, destapamos aguardiente y brandy y nos clavamos unos.  

A las dos o dos y media de la tarde, Chispún, uno de mis amigos, miró por un huequito de la puerta y dijo: “Albertico, gracias a Dios llegó el ejército, el ejército, gracias a Dios”. Cuando cogí la niña en los brazos pa’ salir, y en la puerta vi a hombres con camuflao, camisetas blancas, muchos de bigote, otros con botas pantaneras, ahí mismo volví a entrar y le dije: “¡Usté es marica!, eso no es el ejército, esos no son soldaos, eso es guerrilla”. Cuando volvimos a querer salir nos amenazaron con sus fusiles, entonces yo les dije: “Soy el condutor de la ambulancia, déjemen pasar pa’l hospital”. “Rápido, dos minutos les doy pa’ que pasen”. “Médico, médico, ábramenábramen”. Ese minuto que él se demoró pa’ escuchame fue eterno. Hasta que al fin me reconoció la voz y vino a abrir y me dijo: “Siquiera viniste, güevónpa’ que ayudés a recoger vidrios”.  

Al ratico llegó la guerrilla al hospital y se tomaron urgencias. Trabajadores, promotores, médicos; todos pa’ la sala de cirugía. A todo el mundo allá nos arrinconaron. Ellos traían sus propios médicos, entonces sólo necesitaban las instalaciones. Ellos mismos curaban a sus heridos. Incluso, ahí mismo amontonaban a los que iban trayendo los compañeros para ser atendidos, y que se morían o llegaban ya muertos. Luego, uno veía cómo, entre tres o cuatro, los sacaban de patas y manos pa’ lleváselos de nuevo.  

Yo me puse a andar con un promotor por todo el hospital, no sabíamos qué hacer, cuando cogió una que comandaba el grupo (creo que era alias Karina) y preguntó: “Oiga, esos que andan por todos laos ¿quiénes son?”. “Son el conductor y un promotor”, respondió el médico. Ahí mismo nos gritó: “Vengan pa’cá, par de maricas, muéstrenme el carné”. Después de revisalo nos volvió a decir: “Bueno, dejen esa hijueputa andadera por el hospital pues, que me tienen ya nerviosa”. Ella andaba con otros tres.  

De todas partes aparecían guerrilleros: de las vegas venían muchachitas con pipetas al hombro que ni siquiera podían con ellas. Donde Margarita Tamayo quedaron cilindros sin estallar. El pueblo, desde las rendijas de sus ventanas —el que se atrevía, porque la mayoría se metió debajo de las camas, esperando que los colchones amortiguaran alguna bala—, fue testigo del transporte con el cual irían a sepultar muchas víctimas dentro de sus mismas viviendas. Si en la otra toma, la misión era acabar con lo que se moviera, aquí era hasta con lo que construyó el pueblo durante tantos años. Como dijo don Roberto Giraldo: “Si la vez pasada, la declaración de un jefe de la policía nos hacía ver a todos los granadinos como guerrilleros, entonces ¿por qué más de seiscientos de ellos mismos, vinieron a volver el pueblo harinas? Es que a los granadinos, sobre todo al campesinado, el gobierno nos mete en el mismo costal junto con la guerrilla”, terminó diciendo el señor Giraldo.  

Los helicópteros sobrevolaron gran parte del tiempo que duró la toma, pero, según información, no les dieron el permiso desde el alto gobierno para retomar el pueblo y sólo les permitieron aterrizar después de que la guerrilla había abandonado la población y de que, en una jaula tres y medio, echaron las cincuenta a sesenta bajas que recibieron, según cifras que ellos le reportaron a sus compañeros y superiores, al llegar con el camión repleto de cadáveres (que empacaron como pollos para un asadero) al corregimiento de Santa Ana, tierra dominada totalmente por ellos. Dijeron otros testigos.  

Desde las cinco y media de la mañana del día siguiente en que las detonaciones cesaron —dice Alberto— fui pensando en salir, pero no lo hice hasta que no vi la luz del día. Me eché la niña al hombro y salí a la calle. Cuando cogí del hospital pa’ bajo no veía sino escombros. Me paré en la esquina y esto parecía la realidad, pero de una película. El pueblo quedó tumbao¡La gente no creía en las amenazas!, fue mi primer pensamiento. Y algo así, ni yo tampoco. Varias manzanas acabadas, ni un edificio en pie, un poco de casas a la redonda en el piso. Lo único intacto era el búnker del comando. Yo iba con una amiga, compañera de trabajo, y no veíamos ni a una persona en la calle. En cambio, sí se veían granadas tiradas en los andenes, sin explotar. Por ese lao no vimos muertos aparte de los que dejó el carro bomba, pero sí sabíamos que la mayoría de las víctimas estaban tapadas con los muros de las casas.  

Como mi señora trabajaba por ahí cerca, en una cooperativa, lo primero que pensé después de ver el pueblo así era que ella estaba debajo de algún muro. Me dediqué a buscala. Bajé por la calle Boyacá, me metí por el comando, ponde Benjamín Castaño… Cuando me dijeron que ella me estaba buscando, descansé, pero todo el mundo buscaba a todo el mundo. Ella fue al hospital y no me encontró, pero tampoco creía que estuviera vivo.  

Cuando logramos vernos, después del abrazo, ella le tocaba el cuerpo a la niña, a mí, y exclamaba: “¡Están vivos!, ¡están vivos!; esto no puede ser, es un milagro de Dios”. Luego de calmanos un poco, le dije: “Coja la niña, que el trabajo en el hospital debe de ser peor que el 3 de noviembre”. Mi esposa me hizo arrimar a la casa, me ofreció desayuno y no quise. “Tómese entonces un traguito de agua de panela”, me insistió ella. Después de pasar si mucho media taza a las carreras, me fui a presentámele a mi jefe al hospital.  

¡Qué caos!, la gente iba apareciendo graniaíta, hasta que se llenó urgencias. Cuando llega el gerente del hospital y me dice: “Usté, la vez pasada, se desenvolvió muy bien, felicitaciones”. Ahí mismo le interrumpí. “¿Quiere que haga lo mismo? ¡Yo hoy no recojo ni un muerto! Todavía estoy mamao del trabajo de hace un mes y, después de eso, corriendo seguido pa’ Santuario a buscar quién venga a arreglar los muertos que aparecen diario. Esta vez sí no voy a mover un dedo”. “Bueno, entonces ¿qué hacemos con los muertos?”. “Eso sí, si alguien los trae, que los acomoden otra vez en la misma parte, yo se los recibo”.  

Todo lo que podía hacer era ayudar a coordinar un poco, hasta que llegaron voluntarios de Santuario, Rionegro, Medellín, Defensa Civil, Bomberos… Ya en unas cuantas horas estaba ese parqueadero del hospital más lleno que en la primera toma.   


Lo que desconocía el pueblo era que después de la entrada a El Ramal, al equipo de un noticiero que pasaba por este sitio a las siete o siete y media de la mañana de ese diciembre de sangre, la policía y el ejército le dijeron: “Mucho cuidado, váyanse en zigzag, no se atrevan a tocar los cadáveres que van a encontrar allí adelantico, muchos de ellos están minados, hasta granadas les metieron. Y sigan hasta el casco urbano para que graben con sus cámaras las escenas que a ustedes les gusta mostrar”. El camarógrafo y sus compañeros no lo podían creer, pero, al avanzar unos cuantos metros, lo comprobaron: a unos de camuflao y a otros de civil, los habían dejado como obstáculos en la vía. Luego, al entrar al municipio, siguieron comprobando lo que nunca habían visto: cerca al atrio de la iglesia guerrilleros muertos, policías, pedazos de cuerpos, fracciones de dedos de las manos… y el helicóptero disparando por todas las inmediaciones del municipio, sobre todo por los cerros por donde, se sospechaba, huían los guerrilleros. El camarógrafo terminó diciendo: “Nunca había visto un pueblo en ruinas, sólo en las películas”.  

Después de recibir algunos cadáveres, el médico me llamó: “Vea, Albertico, no sé qué vamos a hacer, tanto usté como yo, todos aquí estamos cagaos, ¡pero cagaos del miedo! Y sin más remedio hay que hacer lo siguiente: ya hablé con El Santuario, en el hospital lo está esperando un médico legista pa’ que lo traiga con un señor de allá mismo, de ese municipio, que nos van a hacer el favor de hacerles la necropsia y todo eso. Pero que ellos no vienen si no es en la ambulancia. Toca que me colabore, así le dé susto, porque, o si no, pasa lo de la vez pasada, se nos empiezan a dañar ese montón de cuerpos en ese parqueadero”.  

No me puse a pensar nada más y arranqué. Creo que a la ambulancia no le metí ni la tercera, me fui a paso de tortuga, la cabrilla me temblaba. Y peor aún, cuando llegué al Santuario, al pasar por el parque, las miradas de muchas personas me asustaban, porque después de ellos voltear para algún lao me decían de reojo: gue-rri-lle-ro hijueputa. Descansé cuando se subieron al carro el médico y el que iba a arreglar los cadáveres.  

Respiré profundo inmediatamente entregamos al último difunto arreglao. Esta vez sí no se agolparon tantos en la puerta del hospital, pues no quedaba si no uno que otro hogar en Granada para llorar a sus muertos, porque muchos habían abandonado el pueblo hasta cruzando montes y quebradas, disfrazados de campesinos para no ser detectados y lograr llegar a la autopista Medellín- Bogotá.  

Hay que bajalo  

Las idas a Santuario me tenían con susto, pero era la única forma de que de allá vinieran a arreglar los cadáveres: si a los funcionarios los recogíamos y luego los volvíamos a llevar en ambulancia. Los que me empezaron a decir días atrás, entre los dientes, guerrillero hijueputaya lo hacían de frente: “Te vamos a bajar; chofer de ambulancia es guerrillero legítimo, usté da papaya malparido, un día de estos con vos vamos a tapar un hueco”. Yo podía saber que me iba a cagar de miedo, pero no renunciaba a ir por el médico forense y por el otro.  

…Un día me dijo el gerente del hospital: “Betico, hay que ir a Santuario pa’ que los traiga a arreglar estos dos cadáveres”. Cuando volví con ellos y entramos a la sala, los tipos esos se querían devolver, y uno de ellos alegaba: “No, está muy tarde y usté nos dijo que eran dos, no cinco”. Bueno, ese día nos colaboraron porque hice lo mismo que con la primera toma, les mostramos los familiares derramando lágrimas en la puerta, esperando a que no se siguieran pudriendo sus cuerpos más de lo que estaban al recogerlos.  

Transcurridos varios meses les dije a los que ayudaban a arreglar los cadáveres que a Santuario me daba miedo seguir yendo, que por qué no se le medían a hacerlo ellos. Y fue así como se acabaron los hijueputazos y amenazas, por lo menos en el parque del Santuario, porque de Granada pa’bajo me empezó a ir peor por hacer lo uno o lo otro. Si recogía un enfermo o un herido me decían que yo era guerrillero, y si recogía otros de no sé qué bando, me decían colaborador de los paras. Pero no quería dejar de ayudar a mis paisanos, así tuviera que estar leyendo las notas que me dejaban debajo de la puerta: le damos plazo hasta el medio día pa’ que se vaya…, piérdase… Una boleta de esas se la mostré a mi jefe, y él todo lo que me aconsejó fue: “Vea, Alberto, usté todo lo que hace es poner el pecho, arriésguese y vaya hasta Santa Ana, habla lo que le está pasando, y como ya los cadáveres los arreglan aquí los dos muchachos que aprendieron, usté les expone la situación”.  

Fui hasta allá y les hablé. Me garantizaron que no me pasaría nada, pero que colaborara. Y era algo que yo no podía prometer, pues era una ambulancia y, “después de que yo esté encima de ella la hago respetar, ahí no cargo sino enfermos”, les dejé muy claro.  

La cosa quedó así, yo subía y bajaba, iba a Rionegro, volvía. Cada vez que entraba al municipio le decía al jefe del hospital o a mi señora: “En el alto de El Palmar tienen la escalera parada y bajaron los pasajeros” (ahí dejaban uno, dos, y en ocasiones hasta cinco); después ya era en La Paz, luego que en El Ramal, diítas después, en las goteras del municipio, en El Sebadero. Hasta que prácticamente uno veía en la entrada al pueblo los patrullajes de grupos diferentes a la guerrilla y los muertos tiraos, sin que nadie los pudiera ir a llorar, porque era otro muerto más el que lo hiciera.  

De Granada pa’bajo la vaina era a otro precio. Un día llamaron al hospital y pidieron una ambulancia para que fuera por una materna. Me fui con una enfermera; cuando llegué al sitio y vi que no había nadie, me quise devolver. Inmediatamente me encuneté para reversar, aparecieron tres uniformaos y me dijeron: “¿Usté venía por la materna? Mire, es que estaba muy grave y se la llevaron pa’ Santa Ana. Ahí van bajando con ella, dele pa’ que los alcance, siga bajando que ahí adelantico la encuentra, sígase pa’l caserío”. Me seguí. Cuando, más allá del cementerio de Santa Ana, estaba una cuadrilla de uniformaos con médico y todo, y me pararon. “¿Pa’ ónde va?”. “Por una enfermita que debe de estar en el puesto de Santa Ana”. “Venga, la verdá, materna no hay. Es que necesitamos la ambulancia. Mire aquí la dirección, mire aquí el teléfono, llame allá y traiga tales y tales cosas pa’cá, que nosotros se las recibimos”. “Yo no puedo hacer eso”, les contesté enfáticamente. ¡Qué emputada!… “Usté es el único del oriente que no colabora”, me dijo uno de ellos que iba y venía todo berraco. Y les dije: “más bien tome las llaves, porque donde me cojan a mí con la ambulancia y con esas cosas, ¡que quién sabe qué serán!... quedo yo como guerrillero y yo trabajo es con la institución del hospital. No puedo”, dije de nuevo, a secas.  

“Amarren a esa chucha”, ordenó el jefe. Ahí en el suelo, en una orilla, ese señor, al que le decían el Médico, se me arrimaba y me repetía: “Usté es el único del oriente que no sirve pa’ nada, ¡pero pa’ nada! Por esta zona todos nos colaboran, pero usté si no sirve ni pa’ que se lo coman las moscas por ahí en una cuneta”. Y se fue a llamar por radio. Que iba a investigar qué podían hacer conmigo porque no quería ir. Yo escuchaba cuando decía: “Vea que este man de Granada…, sí, en la ambulancia…, sí, ese marica no quiere ir. ¿Qué vamos a hacer con él?… No, yo no lo voy a soltar, no ves que no quiere… No, la enfermera está callada adentro de la ambulancia, la boba esa está que tiembla, debe de estar hasta miada, pero no dice nada”. Al momentico, mientras él discutía por radio, la enfermera se bajó y me dijo: “¡Albertico!, nos van a matar, mejor obedezcamos”. “No, ¡cómo nos vamos a ir!”. Ella me miraba en son de súplica. “No, si nos cogen en Medellín con eso, ¡nos matan! Entonces pa’ que nos tumben por allá, que nos maten aquí. Que pase lo que ha de pasar aquí de una vez”, le dije a la enfermera, y no quise. 


Luego de tanto hablar por ese radio, como que el jefe les dijo: “¡Suéltelon!”, porque le bajó volumen al radio, se me arrimó y, sin quitame los ojos de encima, ordenó: “Suelten pues a ver a este chofercito de mierda, que se cree intocable”. Cuando su subalterno me desamarró, el Médico siguió hablando: “Yo no me quedo con esto, hijueputa”. Dio media vuelta, dándole zapatazos al piso y repentinamente volvió la mirada hacia mí, casi pegándoseme a la cara con voz de desautorizao y con cara de novillo bravo listo a embestir, gritándome: “Voy a ver qué es lo que hay que hacer con usté, pero yo no me quedo así. ¡No me quedo con esta!”, terminó diciéndome.  

Como a mí me conocía en Santa Ana todo el mundo, arrimé bien al pueblo, me puse a tomar tinto y comenté la situación en dos o tres partes. Porque yo, con lo que me dijo ese tipo, sabía que diai pa’ rriba me iban a dar. Yo sabía y estaba seguro que si no me movía a hacer algo, de modo que el chisme se regara, no salía vivo de allá. Aunque a veces pensaba que de ese día yo no iba a pasar. Pero si me salvo de esta —pensé yo—, no vuelvo por estos laos así pierda el puesto. ¡Eh, vida no hay sino una! Al rato se me arrimó uno de ellos y me dijo: “Venga, Alberto, tome fresco. ¿Qué es lo que pasa?”. Y le comenté el rollo: “Me pasa esto… y esto… y esto. Si hoy salgo vivo, yo puaquí no vuelvo a venir ni pu’ el putas”. Ahí mismo salió a la puerta, llamó a un tal jefe y como a los dos o tres minutos volvió a entrar y me dijo: “Puede ise tranquilo que no le va a pasar nada”.  

A los veinte días me mandó a llamar ese mismo grupo, pero por otro lao, porque por el lao de Santa Ana no quise volver. Yo no quería ir y el gerente del hospital me dijo: “Es mejor que vaya”. Hasta que me convenció, pero prometiéndome que él me acompañaba.  

Salimos. Después de dejar todas las casas del pueblo, el carro siempre lo andaba en primera y decía: si veo que me van a matar, me llevo a más de uno por delante con el carro, pero de aquí no me bajo. Yo temblaba y veía al médico, que estaba peor. Ya sabía qué grupo me había citao y sabía que era porque me negué a haceles un favor. Ni pu’el putas me bajo, le decía al médico… ¡Mire, todavía tiemblo cuando cuento eso, mire mis manos, estoy temblando! Hasta que alguien salió a la carretera. Iba tan despacio que escuché cuando me dijeron: “Siga bajando que seguro no le van a hacer nada”. Luego aparecieron más y más. Escoltao, me decían: siga bajando… yo seguí, y el vidrio, que lo tenía medio bajao pa’ escuchalos, volví y lo subí, y le puse seguro a las puertas de la Toyota. Más adelantico hicieron orillar la ambulancia. El médico que iba conmigo me dijo: “Es mejor que nos bajemos, Alberto. No volvamos la cosa más difícil, que mire todos los fusiles que nos rodean”. Le hice caso y él me acompañó hasta donde me llevaron.  

Estábamos rodeados de gente armada y uno de ellos preguntó: “¡Oíste hombre!, ¿que usté no quiere volver a bajar a Santa Ana?”. Después de yo exponele los argumentos, él me contestó: “Ese Médico la estaba embarrando con usté y supimos que tiene miedo en volver a bajar por allá. Pero vea, esté tranquilo, seguro que no le va a pasar nada, siga bajando”. Y a partir de ese día yo arrancaba pa’ onde me dijeran.  

La tranquilidad tampoco duró demasiado porque un grupo diferente empezó a dominar de aquí de Granada pa’bajo y casi nadie se atrevía a ir por los muertos, como ocurrió un domingo, cuando mataron a dos hermanos por la vereda La Estrella, de diecisiete y veinte años. Ni la volqueta del municipio que, a veces, lo único que le tocaba hacer después de que se los tiraban encima, como cargando ganado, era llegar hasta el cementerio, alzar el volco pa’ dejalos en la puerta y lo que el sepulturero pudiera hacer por ellos, para al rato ir a seguir cargando materiales, escombros o llevar la basura al relleno sanitario. Con estos dos, pasó el lunes, el martes, el miércoles y el comentario en el pueblo era: “Allá siguen tiraos esos dos hermanos”. Pero nadie se atrevía a hablar en voz alta para que fueran a recogelos 

El tema sólo se tocaba en el interior del hospital, y me decían: “Vea, ahí está la ambulancia cuadrada”. Dos enfermeras de las veredas vecinas, me rogaban: “Vamos por ellos. Mire cómo están los papás, qué pecao”, y me los señalaban, porque estaban afuera, a la espera de una solución. “Albertico, hagamos una labor bien hermosa; vamos por esos dos hermanos que están allá como si fueran un par de animalitos tiraos en un potrero al pie de la carretera, ya deben estar descompuestos”. La mamá y el papá, después de llorar toda una mañana en el andén de la puerta del hospital, y que en esos tres días no habían dejao de venir seguido, entraron y me dijeron: “Alberto, toítos en el pueblo nos dicen que vusté es el único que se atreve a bajar pu’allá, háganos esa obra de caridá”, y me mostraban lo que habían recogido pa’ pagar el viaje al que se los trajera. Al yo contestales que es que a mí también me daba miedo, cabizbajos y sin agotárseles las lágrimas, se volvieron a sentar en la puerta del hospital. Yo quedé adentro con las tripas revolcadas pensando: ¡Será que voy! ¿Será que ese otro grupo, por hacele un favor a una familia, me matan?  

Después de decir mil veces no, como a la una o una y media de la tarde, van llegando unos funcionarios de la Alcaldía y le hablaron a mi jefe. Luego me dijeron: “Albertico, si usté quiere ir, va, no tiene la obligación, pero sería una labor bonita, usté conoce todo ese territorio”. “¡Pero me da miedo!”, les exclamé con un poco de rabia, “¡me da mucho miedo!”, les repetí, mirando al médico y al gerente del hospital. Y me entró una corazonada. Les miré la cara de amargura y de una le dije yo a toda esa gente: “Bueno, hágale pues, ¡pero no en la ambulancia!”.  

Ya el gerente llamó a Chuco, el chofer de la volqueta, que estaba recogiendo basura, pa’ que la hicieran vaciar en cualquier rincón del municipio, que porque Albertico dijo que sí. Que la dejen cuanto antes con las llaves pegadas en la esquina del triángulo porque no nos podemos arriesgar a que a él lo coja la noche, pues por allá nadie sobrevive en la oscuridá 

Fui, me despedí de mi señora, también le dije al padre, que de casualidad pasaba por la variante, que me echara la bendición. Me subí a la cabina, donde mi compañero, el que me iba a ayudar a alzar los cuerpos, ya estaba montado, y como las llaves estaban pegadas, sólo me santigüé, le di estarte y le hundí el acelerador con toda. A la mano de Dios, fueron las últimas palabras que pronuncié hasta llegar a Santa Ana.  

Me hicieron bajar y me requisaron. Con muy poco ánimo le dieron como dos vueltas a la volqueta, otros se subieron al volco, hasta que uno preguntó: “¿A usté qué se le perdió por aquí?”. Desde unos metros más adelante, alguien gritó: “Déjelo, es la volqueta del municipio, él es el chofer de la ambulancia”. De mala gana me dijo: “Sígase”.  

Más adelante también me pararon otros. Ellos sí me detuvieron un buen rato y cuando les dije pa’ onde iba, me preguntaron: “¿Es que son familiares suyos o qué?”. “No, yo sólo voy a cumplir una labor humanitaria, si quieren, me devuelvo y no llevo nada”, les contesté, haciéndome el fuerte, y agregué: “La familia espera que llegue con ellos”. Conversaron en voz baja y luego me dijeron: “Qué labor humanitaria ni qué nada, pero vaya, en tal parte están. Y dígale a la familia que entierren bien a esos hijueputas guerrilleros pa’ que no se salgan de nuevo”.  

Cuando logré divisar los cuerpos, orillé la volqueta y de una vez me tocó ponerme el tapabocas. Me bajé, y la sorpresa era que, al pie de los dos hermanos, habían tres difuntos más. Sacamos las bolsas, nos colocamos los guantes y tuvimos que echarlos con bastante cuidado por lo descompuestos. Cerramos bien los plásticos, pa’l volco, y arrancamos.  

Cuando llegamos a Granada, la familia no sabía qué hacer conmigo. Tanto, que la mamá sacó unos billetes, me los puso en la mano y me abrazó. No me quería soltar. En el mismo momento que me zafó, vi que eran seis billetes de cincuenta mil, los miré y le dije: “No señora, guárdelos pa’ usté, yo no lo hice por dinero”. Ahí sí que volvió y me agarró, y mientras me abrazaba, decía: “Dios le pague, que Dios me lo bendiga”. Y me daba besos y más besos. Hasta que salió a parase de nuevo en la puerta del hospital a ver a qué horas le entregaban lo que quedaba de sus hijos. Cuando di media vuelta, alcancé a escuchar que le decía al esposo: “Ya no nos toca ir a pedir más pa’l entierro, creo que de aquí me alcanza pa’ dale al padre pa’ que me les haga la misita”. Los otros tres cuerpos fueron enterrados como NN.  

Los mismos patos que recogieron pa’ la gasolina — porque la volqueta no estaba tanquiada pa’ un viaje tan largo— hicieron una vaca y me emborracharon aquí al frente del hospital. Qué rasca. Y el jefe me dijo: “Tiene la noche y el día de mañana libre, emborráchese lo que le dé la gana”. La secretaria de la Alcaldía me dijo: “Albertico, usté es un berraco, por allá no va nadie hoy en día. Usté es un hijue-puta… pa’ que sepa”. 

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