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Una matrona

12 Jun 2014
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Por: Hugo de Jesús Tamayo Gómez 

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Facebook: Hugo De Jesús Tamayo Gómez 

Perfil:

Cuando doña Rubiela se refería a Fernando, Wilson, Elkin, Miryam, Alba, Jhon Fredy, Walter, YancelyJaberYorladisSuleny, Javier, DubianAlex, Zonia y Carol. Y ella misma, la madre de esa recua -como le dicen a las familias numerosas en el pueblo-, y señalar, Carol es la última, dijo: creo que ahí están todos, son dieciséis.

No puede ser más que una MATRONA. La matrona que se ganó, un día de la madre, cincuenta mil pesos. El premio por más harta familia, cuenta ella. 

Eran las once de la mañana, empujé la puerta de la calle que estaba un tanto entre abierta, y dije: con permiso, qué pena hacer visita a esta hora. Pues hágale, a cualquier hora que uno tenga tiempo, decía ella mientras inclinaba la cabeza hacia el zaguán para que la voz fuerte que salía de sus entrañas, pudiera atravesar las cinco habitaciones de la casa. Y agregó: Siga, pero entre con los ojos cerrados paˋ que no vea el desorden. 

Después de comentarle el motivo de mi presencia, ella, de una vez dejó los oficios de la cocina y se sentó conmigo en el mueble grande de la sala. Sin más, empezamos la conversación, y al preguntarle por los nombres de sus hijos, uno a uno los fue enumerando: Está Fernando, el mayor, de 41 años, le sigue Wilson, a Wilson le sigue… Después de Suleny, nació Javier, Dubian  y Alex que se llevan 15 meses exacticos uno del otro. Y la última, la quinceañera, que nació cuando yo tenía 42 años. A mis dieciséis tuve el primer hijo. Eso fue rapidito y ya acabé”, terminó diciendo muy satisfecha. 

Gracias a mi Dios no he recibido plata por ningún hijo, dijo la matrona para referirse a que todos estaban vivos. Porque, qué pesar que a uno le den plata por un hijo muerto, como le ha tocado a muchas madres aquí en Granada. 

Los hijos no se planean. Ellos van viniendo. Y como mi mamá era muy anticuada dizque era pecao, que uno se condenaba, por eso no me dejaba planificar. Aunque cuando tuve a Caro sí me provocó tomar pastillas. Y cuando ensayé, si viera cómo me hinché y me salieron unas bombas por todo el cuerpo. No podía parame ni caminar. Paˋ pelar el revuelto me tenía que arrodillar en un burrito. Y me fui paˋ Medellín ponde un medico de esos buenos y me prohibió las pastillas. Con eso tuve”. 

Pero lo que nunca pensó ella era que se tuviera que venir para el pueblo a vivir, sabiendo que allá, en la vereda Cristalina Cruces, conoció al padre de sus hijos y se casó. -Hasta recuerdo que paˋ ese día papá vendió una ternerita y compró mucha bobada y la tortica-. Y agregóallá en el campo tenía de todo: las vaquitas de leche, cafetalito, caña para moler panela en la ramada con trapiche y todo. Yo levantaba pizcos y me venía paˋl pueblo con cajadas a vender y compraba ropa paˋ los muchachitos y cositas paˋ mí; pero por la violencia la finca quedó botada, sola. Cuenta con amargura. 

Cuando le pregunté que si no le chocaba que a Alex le dijeran Caresueñoella contestó con su acento paisa -y creo que se escuchó por toda la casa-: ¡Y eso acaso me quitan las ganas de comer! Ese es el primero que despacha cuando se va a arriar ganao o a trabajar a cualquier finca. Alex no le hace honor a su apodo, pues con esos ojos dormilones se levanta a las cinco de la mañana y ella lo despacha con la comida del día empacada en una coca. 

La Matrona, se queda levantada de una vez para seguir las tareas diarias: que los muchachos para el colegio. Que terminar de hacer el desayuno para los que llegan de negociar marranos o ganado. Después se va para el pequeño potrero que tienen del patio hacia atrás, donde hay una chiva y otros animales. Entre ellos, pollos que levanta dos tandas al año: para el día del padre y la noche buena. 

Después de alimentar los animales y dejar el almuerzo alzado, le dice a una de sus muchachas que cuide la olla, y se va para el almacén veterinario de don Oliverio, su esposo, que queda en pleno parque principal a cuadra y media de la casa. Cuando es hora de almorzar los muchachos bajan, gritan desde la esquina o arriman al almacén y dicen: Camine pues nos sirve ¡-porque ellos no sacan, mejor no comenLes gusta es que yo les sirva-! Y salimos todos paˋ la casa.  

En la tarde sigue su oficio: echa la ropa a la lavadora y luego la extiende. Después cuadra la comida. Los frijolitos no pueden faltar diario, eso es continuo. Solo los domingos hace algo diferente: espaguetis, papa sudada, ensalada… Eso sí, este día la misita no puede faltar, dice con una rotunda afirmación sin dejar de mover su cabeza y agregando: En semana con tanto oficio no hay lugar de ir a misa. 

En la noche Oliverio viene, come, coge una cobija, y callaíto se acuesta. Después yo le tiro otra cobijita encima. Y como los muchachos con ese televisor se entretienen tanto, nadie me acompaña a rezar. Entonces me toca hacer las oraciones con él solito 

Cada que se reúnen, no falta ninguno de los hijos ni de los diecinueve nietos y medio, como dice ella, que porque viene otro nietecito en camino. Más las nueras y yernos. En total cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco. 

“Y si usted quiere hacer una cosita especial y los convida, o les dice uno que vengan que hice un almuercito paˋ todos, toitos llegan. Vienen junticos. Nadie desatiende. Y el día de la madre no faltan con el regalito. Los hijos le dan a los niños paˋ que me traigan a mí” 

Cada año juegan al amigo secreto, y ¡pasamos más rico todos junticos! Es que criar hijos es una compañía muy hermosa, termina diciendo doña Rubiela para levantarse de la silla e ir a la cocina, a bajarle llama al fogón para que no se le suba la olla, que diario alza como si fuera para peones, pues todavía en la casa se alimentan once, pero si van veinte, cosa que a ella nunca le choca, alcanza para todos. 

Su nombre es Rubiela Aguirre y Oliverio Giraldo es el de su esposo. Pero si en el municipio de Granada preguntan por el almacén eléctrico de Elkin Giraldo, la revueltería de Dubian Giraldo, por el camión de Javer Giraldo…, nadie da razón. Hay que indagar por el camión, el almacén, la revueltería, el potrero… de los Aguirre. El nombrar a esa familia con el apellido de la madre no es más que honrarla por algo tan merecido: una madre de cuarenta y cuatro personas, pues sus yernos, nueras y nietos los tiene como una extensión más de sus dieciséis hijos. 

El premio por más harta familia, como lo llama ella, Doña Rubiela Aguirre, es el reconocimiento sin duda alguna a una matrona, con mayúscula, de Granada Antioquia. 

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